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La impredecibilidad, la esencia. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 21/12/2011 |
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Las soluciones a muchos de los problemas actuales de la Fiesta siguen estando en la esencia del toreo, la que encarnaron Lagartijo, El Gallo o Belmonte, la que preconiza Curro Romero, la que abanderan José Tomás y Morante, tan distintos y tan iguales.
- ¡Pero este no es José Tomás!
- ¿Cómo José Tomás? ¡Este es Morante!, le expliqué a mi amiga que llevaba un desbarajuste mental de tres pares de narices.
- Yo es que me hago un lío con los dos, insistió un tanto incrédula.
- No entiendo como te puedes liar, le increpé, no se parecen en nada, ni físicamente ni en su tauromaquia.
- Pues yo nunca me acabo de aclarar, sentenció.
Ni que decir tiene que mi amiga, a pesar de ser pro taurina y de ir a la plaza al menos una docena de veces cada año, no es demasiado experta en la materia. ¿Cómo se puede confundir a Morante con José Tomás? Con esa pregunta rondándome la cabeza nos apresuramos a entrar en el Auditorio de Quartell, donde se iba a emitir el documental ‘Morarte’, una película que relata el predestinado encuentro en la plaza entre un toro de Núñez del Cuvillo y un torero, Morante de la Puebla, para que ambas voluntades se fundan en una sola.
Cuando salimos de la sala mi amiga seguía igual de desconcertada. Sin embargo yo había encontrado la respuesta al enigma de tal confusión. Ambos toreros, por caminos diferentes, profesan la misma filosofía taurómaca. Los dos han conseguido que cada una de sus actuaciones se convierta en un acontecimiento. Los dos son seguidos por una legión de fieles que peregrinan tras sus estelas. En ninguno de los dos la condición de héroe queda eclipsada por la de artista, porque nadie del tendido piensa ni por un momento que es capaz de repetir aquello que está viendo realizar a uno u otro; el madrileño porque se arrima más que nadie y se juega literalmente la piel en cada pase, y el sevillano porque su hondura y arabescos sólo están al alcance de un elegido. Los dos son únicos. Ninguno de los dos deja indiferente a nadie.
Contaba Curro Romero hace unos días que alguien le definió como ‘el hombre con mayor capacidad para irritar a la gente en España’, a lo que el genial camero contestó: “mejor irritarlos que cansarlos, que es lo peor que puede hacer un torero”. Y es verdad. Lo último que puede ocurrir en una plaza es el aburrimiento. En la actualidad hay demasiados toreros que salen al albero con la faena preconcebida. De sobra se sabe qué van a ser capaces de hacer. Suelen estar bien, aunque no sublimes; calientan pero no queman.
Curro quemaba, por la excelencia de su arte o por su incapacidad manifiesta. Nadie sabía qué iba a ocurrir antes de sus actuaciones. La tarde podía ser irritante o excelsa, pero nunca predecible. Al salir de la plaza, por una u otra razón uno se acordaba de Curro Romero. Y algo similar ocurre con las actuaciones de José Tomás y Morante. Sus tardes nunca son planas, pueden tener cimas o simas, o ambas cosas a la vez.
Habrá quien piense que, en los tiempos que corren, es fundamental rentabilizar la entrada asegurando el éxito de los toreros en la medida de lo posible. Yo estoy convencido de que debería ser todo lo contrario. Ir a tiro hecho no es posible en los toros. Uno puede elegir la película que va a ver sin demasiado margen de error para equivocarse después de analizar el género, el director, los intérpretes y, sobre todo, la crítica. Lo mismo pasa con el teatro, con la danza, con los conciertos o con las exposiciones de pintura y escultura. Por contra, la impredecibilidad es uno de los grandes atractivos de la Fiesta. Y en eso José Tomás y Morante son capitanes generales, auténticos maestros.
En los cosos faltan impactos, sorpresas -porque sorpresa y emoción van de la mano-. Falta variedad en el desarrollo de la lidia y en el comportamiento de los toros. Qué maravilloso sería que un día alguien decidiera hacer una faena íntegramente con el capote; que prodigioso sería que más a menudo saltasen al albero toros complicados y boyantes en la misma corrida, para lidiar a unos y sublimar el toreo de inspiración con los otros.
“Que hablen de mi, aunque sea mal…”, contaba Don Quijote a Sancho Panza. La gente habla de Morante y de José Tomás, unos mejor, otros peor, incluso algunos les confunden, pero nunca pasan inadvertidos. Esa era la filosofía de Lagartijo, de Rafael ‘El Gallo’ o de Belmonte, de quienes nunca se ha dejado de hablar. Las soluciones a muchos de los problemas actuales de la Fiesta siguen estando en la esencia del toreo, la que encarnaron Lagartijo, El Gallo o Belmonte, la que preconiza Curro Romero, la que abanderan José Tomás y Morante, tan distintos y tan iguales.
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