Castella en Madrid, artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 28/05/2007
 
Castella no quiere que nadie deje de hablar de él. Por eso, en cuanto reaparece de un percance, se vuelve a jugar la vida sin trampa ni cartón. La vida del torero es bonita, seductora y encantadora, pero dura como ninguna. Dura como no se ve desde fuera, desde los platós de los superfluos programas del corazón ni desde los despachos de algún que otro político simple.
Lo hizo una vez más, que no por reiterativo resulta fácil. Se volvió a arrimar como una lapa. Se apropia de todos los terrenos y obliga al toro a pasar por donde a veces parece que no cabe. Lo hace con seguridad y naturalidad, con autoridad y elegancia. Volvió a encoger los corazones de las 24.000 almas que abarrotaban la plaza de Las Ventas y las de cientos de miles que seguían la corrida por televisión.

Se trata de Castella, Sebastián Castella, sin duda el mejor torero francés de la historia. Es un caso sorprendente. No parece que le hagan mella las cornadas, que las ha sufrido y de gravedad. Al contrario, cada vez que resulta herido reaparece con ánimos renovados, con la ilusión intacta y con un sentido de la responsabilidad más acentuado.

Así lo demostró hace unos días en Madrid, donde se jugó la vida sin trampa ni cartón. Está situado entre la élite del escalafón actual, y no quiere perder un estatus que tanto le ha costado ganarse. A veces, la memoria del aficionado a los toros es frágil, y tiende a magnificar los últimos acontecimientos en detrimento de tiempos, yo diría, todavía más recientes que pretéritos. Por si a alguien se le olvidaba, Castella, que no fue contratado en Valencia y que ya puntuó en Sevilla, ha vuelto a poner su nombre en boca de todos, de todos cuantos sólo hablaban de Talavante y de El Cid, alguno de Cayetano, pese a estar alejado de citas importantes, incluso de la inminente reaparición de un José Tomás que no jugará por decisión propia en la liga de las estrellas, es decir, que no estará en las ferias más exigentes.

No, Castella no quiere que nadie deje de hablar de él. Si los que están arriba no ceden un ápice, si se arriman como jabatos y se la juegan sin reservas ni concesiones, ¿qué no tendrán que hacer quienes quieren comenzar a abrirse paso? La vida del torero es bonita, seductora y encantadora, pero dura como ninguna. Dura como no se ve desde fuera, desde los platós de los superfluos programas del corazón ni desde los despachos de algún que otro político simple.

La vida del torero es dura y más lo es en Madrid, donde continúan las corridas. Todavía ocurrirán muchas cosas, y todas tendrán máxima repercusión porque Las Ventas es, sin duda, la plaza más importante del mundo.


Comentarios

Sin comentarios