El día que dejen de tocar las narices a los toros en el campo, su posterior comportamiento en la plaza mejorará considerablemente.
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El toro es, sin ningún género de dudas, el animal más cuidado de todos cuantos viven en libertad, incluso me atrevería a decir que recibe mejores atenciones que algunas mascotas domésticas. Desde su nacimiento hasta su lidia en la plaza, el toro vive a campo abierto en un hábitat natural, donde se le alimenta según su edad y necesidades y donde se le realiza un seguimiento diario para controlar posibles heridas sufridas por peleas y lesiones oculares o articulares.
Todos los animales de una ganadería brava, ya sean toros, vacas o sementales, pasan una serie de pruebas periódicas en pos de evitar diferentes enfermedades. Así, en los saneamientos se extrae sangre de cada ejemplar para verificar que no existan brotes de tuberculosis o brucelosis, y se aprovecha la circunstancia para desparasitarlos. Las hembras son saneadas cada seis meses durante toda su vida, y los machos hasta que cumplen los dos años y una vez más antes de ser enviados a su último destino.
La condición de bravo provoca que el manejo de este tipo de ganado sea harto complicado a la hora de realizar cada una de las pruebas y análisis que requieren los diferentes organismos oficiales. Sólo pasando positivamente todos los exámenes veterinarios y certificando la celebración puntual de saneamientos y vacunas, se obtiene la carta verde, algo así como la documentación en regla obligatoria para poder explotar la ganadería.
Cada vez que hay que efectuar una de estas pruebas, los animales son conducidos desde la dehesa a una corraleta con salida a una manga o pasillo que da a un cajón. Se trata del cajón de curas, donde los toros quedan inmóviles para poder así ser manipulados. Se trata de una operación complicada en la que el astado corre el riesgo de lastimarse.
Además, la práctica totalidad de ejemplares de una ganadería pasan a lo largo de su vida alguna que otra vez por este cajón para ser curados de diferentes lesiones o, como se ha puesto últimamente de moda, para que se les coloquen unas fundas protectoras a los cuernos, y más tarde retirárselas previamente a ir a la plaza.
También hay que tener en cuenta que, en cuanto nacen, a los becerrillos se les colocan los crotales en las orejas, una especie de matrícula europea que se les suele retirar días antes de ser lidiados. Poca necesidad le veo yo al crotal, siendo que estos animales llevan el número marcado a fuego en su piel. La verdad, a mí me parece demasiado manejo.
Este tipo de explotaciones nada tienen que ver con las de ganado estabulado, ya sean de leche o de carne, donde los animales son dóciles y viven la mayor parte de su tiempo en una cuadra en vez de estar sueltos. Quizá falte sentido común y sobre papeleo y burocracia. Las diferentes OCAPA -Oficinas Comarcales de Agricultura, Pesca y Alimentación-, las Consejerías y Ministerios, y hasta el gobierno europeo, imponen el cumplimento de algunas reglas que poco favorecen al toro bravo, un animal salvaje que debería mantenerse lo más virgen posible del manoseo humano. Me da a mí que si se dejara de tocar las narices a los toros en el campo, su posterior comportamiento en la plaza mejoraría considerablemente; y la Fiesta estaría salvada.
Comentarios
Comentario escrito por - 07/07/2010 No le falta a usted razón señor Bueno.
Menos manoseo a los toros y quizás lo acusen en sentido positivo en la plaza.
Y sobre todo que no haya nunca manipulación fraudulenta. Esto es, que no los visite ningún fígaro, y que los camiones que los transportan no se detengan en una determinada finca de la provincia de Albacete donde hay instalados hasta cinco muecos.
Usted ya me entiende señor Bueno.
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