El Dios Toro, artículo de Barquerito
Por Barquerito 20/04/2007
 
TRES de los veinte toros que Victorino ha lidiado en Sevilla en las tres últimas temporadas se han ido sin las orejas al desolladero. Dos de ellos las llevaban colgando. Es una manera de decirlo y tal vez sea muy injusto decirlo así. A los toros no les cuelgan las orejas. Son parte instrumental de su peculiar lenguaje de signos. Los toros se expresan y manifiestan. No sólo berreando, bufando, mugiendo o reburdeando. No es un lenguaje oral al uso.
De siempre, los toreros han hecho hincapié en la mirada de los toros. Por la mirada se adivina la intención. La mirada de un toro herido no es la misma que la del toro crudo. Si un toro tiene intenciones perversas, se le translucen en los ojos. Eso han contado los toreros que alguna vez se han sentido fulminados o siquiera amenazados por la mirada de dragón de algún toro. Bravo o no tan bravo.
Intenciones perversas son venirse al bulto y no al engaño, o buscar por debajo del engaño. En rigor, nada hay de perverso en que el toro apunte y ataque. Pero el milagro del toreo se sustenta sobre el principio irrenunciable de la obediencia del toro. Es, sí, un milagro. Álvaro Domecq tiene escritas sabias palabras sobre ese asunto tan elemental. Al cabo de los años, en ?El toro bravo?, frondoso tratado y memorial sobre la cría de bravo, don Álvaro dejó escrito que no había llegado a entender por qué los toros embestían. El libro de don Álvaro, transcrito cuando su autor estaba a punto de cumplir los setenta años y más de la mitad de ellos como ganadero, se extiende generosa y sensualmente sobre esa delicada cuestión del código semántico del toro.
Como se sabe, el toro de lidia es un animal de fino oído. Reconoce en el campo las voces y los silencios, el ruido, los cantos de los pájaros, oye crecer la hierba. Tiene memoria auditiva. Son como músicos. Hay embestidas tan armónicas que parecen música. Y hay músicas de distinta condición.
El juego de orejas y oídos se presta a toda clase de divagaciones. Lo que el toro oye sólo el toro lo sabe. Pero lo que hace con las orejas no lo ve el propio toro y sí lo ven los demás. Cuelgan las orejas sólo cuando la señal de la ganadería es un rasgado o hendido en puerta o en zarcillo. Al toro no se le arrugan las orejas hasta que no está apuntillado. Ni entonces.
Bien pensado, fue algo macabra la idea aquella de cortarle la oreja a un toro muerto para reconocer en triunfo a su matador. En las culturas rituales del Mediterráneo los sortilegios con inmolación de toro despojaban al animal sólo ocasionalmente. Y no de las orejas precisamente. Por no ser órganos colgantes, costaría cortarlas. Como ahora en Sevilla. Y como ha sido siempre. No es fácil. Haced la prueba. La literatura de los revisteros está llena de aciertos florales. Pero ?las orejas colgando? no son parte de la antología. Y, sin embargo, es una expresión inequívoca para definir un toro especialmente apto para el triunfo. No necesariamente bravo ni necesariamente bueno. Lo normal es que sea una cosa u otra. No tan normal que se den las dos juntas. El segundo de los seis toros de Victorino de ayer tuvo tanto de bravo como de bueno. Esa clase de toros no abundan. Cuando sale uno, como este Borgoñés, se apodera de la gente una sensación de irrealidad.
Embestidas mecidas y tan acompasadas que parecen música. Si el ambiente de las plazas no fuera tan propenso al delirio, y si las bandas de música callaran por un momento, se sentiría el compás de las pezuñas de un toro a galope templado. Con ese tono o ese son llegaría al tiempo la música de las pisadas de los toreros. Sólo de los que se posan como si la arena fuera de terciopelo. Y a veces vendría envuelta también la voz del torero, que los toros finos de oído acaban reconociendo. Torear a la voz es muy bonito. No torear pegando gritos. Es otra cosa. No es lo mismo la oreja que el oído.

FRASES_HECHAS
Es injusto decir de
un toro que lleva las orejas colgando para indicar que un toro es apto para el triunfo


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