Los ajenos han convertido los callejones en espacios friki-vip, y mientras ellos disfrutan de su zona exclusiva, algunos profesionales se las ven y se las desean para desempeñar su trabajo; incluso les echan de malas maneras, como le acaba de suceder a José Luis Ramón.
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De gorrones, vacilones, abusones, pelotas, pinta-monas, chupópteros, cebollinos, cansinos y ajenos están los callejones llenos; los callejones de las plazas de toros, sobre todo los días de corrida “güena”. Van para ser vistos, y gratis, por supuesto. Se pasean con el móvil pegado a la oreja, mirando hacia el tendido y sacudiendo los brazos cuando descubren a algún conocido, no sea que pasen inadvertidos. No tienen ninguna función específica allí salvo lucir clavel en la solapa y habano en la mano. Consiguen los pases a través de un amigo influyente que tiene que ver con el Ministerio del Interior, con la Consellería pertinente, con el político de turno o con el policía de guardia.
Los callejones están infestados de estos okupas que dominan los mejores puestos en los burladeros interiores, mientras muchos profesionales se las ven y se las desean para poder desarrollar su trabajo. Que se lo pregunten a los fotógrafos, apelotonados como sardinas en lata mientras intentan eludir el codo de su compañero en el momento del click. Los okupas, por el contrario, tienen suficiente espacio para gesticular cuando se excitan visiblemente tras cada tanda de su torero preferido, para pitar encolerizados las decisiones presidenciales si no son de su agrado, y no se recatan a la hora de flamear pañuelos pidiendo orejas.
No debería ser así. Las manifestaciones a favor o en contra de cualquier circunstancia que suceda en el transcurso del espectáculo son competencia del público, del que paga la entrada para sentarse en su localidad. El callejón debería ser zona aséptica alejada de partidismos y protagonismos. Sin embargo los ajenos lo han convertido en espacio friki-vip. Y son muchos los ajenos. Ajenos a la tradición taurómaca, a la cultura taurina, a los ritos que suceden en la plaza, a las costumbres y a la historia de la Fiesta, a la manera de moverse por los callejones... Los ajenos son tantos que dejan en minoría a quienes están allí para desarrollar un trabajo. Cada vez son más los mozos de espadas, los chulos de banderillas, incluso los subalternos, que tienen que sortear a un puñado de ajenos para poder desempeñar su labor.
En general, el callejón es propiedad del Ministerio del Interior; la policía. Y los polis son los encargados de revisar los preceptivos pases y de poner orden en tan singular área. El pasado domingo, el delegado gubernativo que ejercía como tal en la plaza de toros de Las Ventas, mandó echar del callejón a José Luis Ramón, acreditado periodista que se encontraba haciendo entrevistas en directo para Tele Madrid. José Luis Ramón es un profesional de reconocido prestigio, tanto en prensa escrita como audiovisual. Lleva ejerciendo su trabajo durante muchos años con discreción, honestidad y seriedad. Y resulta que José Luis, antes que periodista fue torero, al menos lo intentó de la mano de la Escuela Taurina de Madrid y más tarde como novillero. ¿Quién mejor que él sabrá cómo moverse por un callejón?
Pues no. Según el funcionario de policía su trabajo entorpecía la lidia. Así es que, como si de un criminal se tratara, mandó a cuatro agentes para que lo expulsaran ipso facto del recinto con el agravante de que se le prohibía hacer declaraciones a través de los micrófonos, incluso se le impidió utilizar el teléfono móvil. Con dos policías abriendo paso y dos más escoltándole por atrás –uno de ellos le iba dando empujoncitos para acelerar su marcha- José Luis Ramón fue sacado del lugar. En directo se vivió la situación a través de las cámaras de televisión. Bochornoso, un abuso de poder, una falta de respeto y un atentado contra la libertad de expresión.
Todo indica que la cosa venía de tiempo atrás, pues el mismo delegado gubernativo ya había amenazado al periodista con expulsarlo si, a la salida del toro, no había acabado la entrevista que estuviese realizando. Esperó el momento que más testigos hubiese, para que quedara constancia de quién es el que manda, y no le hizo la mínima concesión. En cuanto se pasó unos segundos le trató como a un terrorista. Lamentable.
Y entretanto, los ajenos agitando pañuelos de espaldas al ruedo sin prestar atención a los vaivenes entrebarreras de los profesionales, desconocedores de que en el callejón se está quieto, se mira y se calla. Así nos va.
Comentarios
Comentario escrito por Mozo Espadas - 01/07/2010 Por mi condición de mozo de espadas me he visto en situaciones en las que no he podido cumplir mi trabajo de forma profesional.
No quiero manifestarme directamente sobre ninguna plaza en concreto, pero todas aquellas tengan un cartel que se presuma atrayente y más si hay cámaras de TV se colapsan de personajes que no tienen ningún cometido, solo el de figurar, el ser vistos, el demostrar su importancia, ya que lo que acontece en el ruedo en raras ocasiones les preocupa.
Creo que es sabido por cualquier aficionado, que la labor del mozo de espadas es seguir por el callejón lo mas cerca posible a su matador para facilitarle lo que precise en cada momento. El mozo de espadas va pendiente de la lidia sin prestar atención al tendido, solo al ruedo, pues bien, me ha ocurrido en alguna que otra plaza, pero lo de Las Ventas fue de escándalo. Un Señor acodado en un burladero del callejón, eso sí, bien trajeado, con el cohíba entre los dedos llenos de anillos, nunca supe quien era, me recrimino de forma poco educada, ¿qué digo poco educada? de forma grotesca y malsonante que me apartara de la barrera y que me estuviera quieto que no dejaba ver a los que “habían pagado”. Con la mirada lo mande a tomar por donde amargan los pepinos, el digamos señor, salio de su burladero y me dijo que me fuera del callejón, no me invito a irme, me daba la orden.
Al terminar la lidia de ese toro, busque al delegado gubernativo y le expuse el sucedido, le indique el sujeto en cuestión, el delegado fue a hablar con él y ¡¡SORPRESA!!, el propio delegado echo del callejón al sujeto, mientras escuchaba mil amenazas. Mayor sorpresa me causo cuando supe que lo había echado porque no tenia pase de callejón.
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