Emocionante imprevisibilidad, Europa y un café de 80 pelas, artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 17/04/2007
 
El toreo es impredecible, casi siempre inexplicable. Muchas veces sorprendente, otras decepcionante. A veces inimaginable. El toreo no es ciencia, por mucho que algunos toreros posean una técnica depurada.
El toreo se hace y se siente, y nunca se puede estar seguro de dónde va a suceder ni cuándo va a emocionar; ni siquiera de asegurar con certeza quién será capaz de erizarnos la piel. Talavante lo hizo en Madrid el Domingo de Resurrección, y una semana después no tocó bola en Barcelona. La misma terna, las mismas ilusiones, pero esta vez sus compañeros, El Juli y Manzanares que se marcharon de vacío en Madrid, fueron los grandes protagonistas en la ciudad condal. El mismo día, pero lejos de Cataluña, la afición apostó a caballo ganador en Sevilla, apostó por Pablo Hermoso de Mendoza, el rey del rejoneo que venía de cortar cuatro orejas en Arles, y se encontraron con el joven Diego Ventura que salió por la Puerta del Príncipe.

No, el toreo no es ciencia, no son matemáticas ¿Cómo explicar una faena inexplicable por sublime de Morante si un día después es capaz de estar inexplicablemente mal? Para un servidor, esa capacidad de sorpresa que posee la Fiesta, ese factor imprevisible, la hace grande y única. Si el toreo fuese matemáticas, los eurodiputados que pretendían prohibir los toros hubieran logrado reunir las firmas mínimas exigibles para poder presentar su propuesta ante la presidencia del parlamento europeo. Pero no las han conseguido. Los incesantes y persistente ataques que la Fiesta está recibiendo últimamente, sólo han conseguido fortalecerla más, sólo han logrado unir férreamente los diferentes estamentos taurinos.

Si los toros fuesen matemáticas, quizá José Tomás no reaparecería, ni un chaval llamado Jairo Miguel, al que una cornada le ha debatido entre la vida y la muerte, estaría deseando volver a vestirse de luces. El toreo no se razona ni se argumenta ¿Acaso se cuenta una pintura de Goya o de Picaso, una escultura de Benlliure o una composición de Mozart? No. La música y el arte se sienten, y la Fiesta es una de las pocas cosas que en el siglo XXI siguen siendo cuestión de sentimiento.

Los eurodiputados que perseguían abolir los toros pretendían eliminar las subvenciones para los criadores de reses bravas, esos mismos toros que ellos argumentaban que son ?seres sensibles?. Afortunadamente tener sensibilidad es otra cosa, por ejemplo no disfrazarse de ecologista y retirar subvenciones para cargarse directamente una especie animal ¿O es que un toro tiene menos derecho a existir que un oso panda del zoo o un lince de Doñana?

Si la tendencia europeísta implica tener a los animales en reservas protegidas, si conlleva que españoles, ingleses o escandinavos unifiquemos nuestros patrones de gustos y comportamiento, entonces yo me quedo con mis Fallas y con mis toros, con el regreso de José Tomás y con el incombustible Ponce, con el siempre sorprendente Morante y con la Feria de Abril. Si me apuran hasta con la peseta, que hubo un tiempo más bien cercano, en el que con 80 de aquellas rubias monedas sí se pagaba un café.


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