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Curro Romero, tenista sin ley. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 08/06/2010 |
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Seguro que después de disfrutar con la tarde de los quites en Madrid, Curro volvió a lamentarse de no haber podido cumplir su sueño de realizar una faena completa de capote. El encorsetamiento del actual reglamento se lo impidió. El arte no puede aflorar con naturalidad si lo constreñimos en absurdas leyes coercitivas.
Pentacampeón. El pasado domingo Rafa Nadal se proclamaba vencedor por quinta vez de Roland Garrós, el torneo más importante del mundo sobre tierra batida. Da gusto ver jugar a este fenómeno cuando está bien. Disfruté del partido, y viéndolo me acordé de Curro Romero. Al maestro de Camas le escuché una vez afirmar que le encantaba el tenis porque su público era el más respetuoso de todos los deportes. “El silencio del tenis me fascina”, aseguraba.
Y es verdad, los espectadores siguen la bola de un lado a otro sin osar abrir la boca hasta la consecución del tanto. Es entonces cuando irrumpen en aplausos o manifiestan su desilusión. Mientras se disputa un punto a nadie se le ocurre gritar “crúzate”, “sube más a la red”, “haz un passing shot” o un “smach”. Sí, el respeto de la concurrencia del tenis cautivaba a Curro, y yo, viendo a Nadal, me acordaba del Faraón.
Justo cuatro días antes, y después de veinticinco soporíferas corridas de toros consecutivas en Las Ventas, Cayetano, Morante de la Puebla y Daniel Luque brindaron los momentos más vibrantes y emocionantes de la temporada en Madrid, y todo a base de quites con el capote. Prácticamente hasta la irrupción de Juan Belmonte el toreo era así, la lidia se basada en series de capa, y la muleta era un utensilio que se utilizaba de forma breve y sólo para entrar a matar. Pero cambió el toreo merced a un toro de mayor duración, y con ello acabó cambiando el reglamento.
Morante y Luque rivalizaban en quites con la plaza inmersa en una catarsis colectiva, y aquello también me recordaba a Curro, a Curro Romero, el que admiraba a los aficionados al tenis y hablaba poco, pero que en otra ocasión le oí lamentarse de que el encorsetamiento del actual reglamento le iba a impedir cumplir su sueño de realizar una faena completa de capote, a la antigua usanza. Y estaba en lo cierto. Curro acabó retirándose sin poder abandonarse a su libre inspiración.
¿Dónde se ha visto que un artista tenga que crear coartado por unas reglas? Precisamente si algo define al artista es la libertad de creación. El resultado podrá gustar mucho o poco, pero el arte no puede tener fronteras. Visto lo visto la tarde de los quites de 2010 en Madrid, Curro tenía toda la razón.
La tarde de los quites, así se recordará el día en que los toreros pusieron boca abajo a veinticuatro mil almas abandonadas a la emoción. ¿Orejas? ¿Cuántos serán capaces dentro de unos días de enumerar las que se cortaron durante el San Isidro recién concluido? Sin embargo nadie olvidará el excelso toreo de capa de una tarde memorable para los restos.
Seguro que el bueno de Curro Romero estaría ratificándose en sus pensamientos: los aficionados al tenis son los más respetuosos, y el arte no puede aflorar con naturalidad si lo constreñimos en absurdas leyes coercitivas.
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