| |
Sentido y sensibilidad (taurómaca). Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 27/01/2010 |
| |
Es necesario que el toro muera en la plaza para que el toreo siga siendo algo único. Porque el vencido debe morir y no vivir humillado. Porque la tauromaquia, ajena a modernas globalizaciones, conserva la mística de antaño. Porque morir en la plaza es la única razón de que el toro siga viviendo.
Soy de los que bucean en Internet buscando, leyendo y releyendo noticias y curiosidades, sobre todo referentes a asuntos taurinos. No sé, debe gustarme, porque cuando me pongo paso más horas ante el ordenador de las que me da la sensación de haber empleado. Habrá quien piense que es una pérdida de tiempo. Yo mismo lo creía al principio, pero ahora no soy de ese parecer. Toda información ayuda de una u otra manera a crecer.
En uno de mis últimos buceos, encontré el blog de una aficionada peruana; o quizá era colombiana. No lo recuerdo, ni es relevante. Lo que me sorprendió es que entre los comentarios que efectuaban sus lectores se encontraba el de un antitaurino. ¿Qué hacía un anti leyendo una página taurina? ¿Es masoquista? ¿Un espía? ¿Un enviado? ¿Un camicace? ¿Una mosca cojonera? Lo cierto es que el desubicado lanzaba la siguiente pregunta: “¿Por qué matar a un animal, por qué esta barbarie, por qué no simplemente evadirlo?”
¿Evadirlo? ¿Evadir al animal bravo? ¿Se referiría a evadir el peligro? ¿Sería él de los que evaden los problemas y las dificultades de la vida antes que afrontarlas con determinación? ¿Preferiría evadir la dureza antes que valorar el esfuerzo? ¿Sabría distinguir y estimar diferentes creaciones artísticas?
Seguí explorando por la red y encontré un articulista que justificaba la amenaza de prohibición de la fiesta “por el riesgo que conlleva para las personas, y por ser un espectáculo en el que al toro se le burla y se le mata ante el público”. Claro, ojos que no ven corazón que no siente. Llevar a los bovinos a la carnicería tras unos meses de engorde sin espacio para moverse es una es una necesidad vital, mientras que criarlos en libertad y darles la opción de defender su vida en los ruedos es una crueldad, una perversión.
El amigo articulista afirmaba en el mismo escrito que “en su casa, cada cual puede ser todo lo amoral que quiera, pero a la luz del día las cosas cambian, porque hay un orden público y una decencia”. ¡Ja! ¿Cuál es ese orden público? ¿El terrorismo por ideologías políticas? ¿Las guerras entre hermanos? ¿El hambre que mata niños? ¿Son decentes los experimentos farmacológicos con personas del tercer mundo? ¿O la prevaricación?
El mismo autor finalizaba su artículo sentenciando que “la crueldad del toreo, además, es improductiva”. Y esta aseveración me dio la clave para responder al antitaurino del blog. No, el toreo no es improductivo. Lo será para quienes no tengan la sensibilidad de emocionarse con el fragor que provoca la comunión de toro y torero. ¿O es que sólo hay un parámetro para medir el arte? ¿Acaso no es tan artista Murillo como Picasso, Goya como Miró, Miguel Ángel como Van Gogh, Benlliure como Botero? ¿Acaso hay un orden público que unifique gustos, sensaciones y emociones?
La tauromaquia es un arte efímero como creación, y a la vez eterno como forma. ¿Por qué matar al animal en público? Porque es necesario para que el toreo siga siendo algo único. Porque el toreo representa la vida misma, y todas sus dificultades, peligros y durezas. Porque en el toreo no valen trucos ni artificios; el juego a vida o muerte es real. Porque es un milagro conjugar dos voluntades, las del hombre y la bestia, y fusionarlas en una sola hasta el fin. Porque el vencido debe morir y no vivir humillado. Porque el toreo representa la esencia del ser humano, cazador, inteligente, creador, osado... Porque la tauromaquia, ajena a modernas globalizaciones, conserva la mística de antaño. Porque es un rito y no una cotidiana materialidad. Porque morir en la plaza es la única razón de que el toro siga viviendo.
No, los aficionados no acudimos a la plaza cual insensibles sádicos a disfrutar de una tortura, de hecho no toleramos el mínimo abuso hacia el toro. No hay barbarie, ni burla, ni crueldad. Hay respeto, y los aficionados nos conmovemos, vibramos, nos entusiasmamos. Y eso está al alcance de cualquiera que esté libre de prejuicios y abierto de mente.
En cierta ocasión le preguntaron a Pepe Luis Vázquez por el futuro de la tauromaquia, y su respuesta fue una delicia: "Nunca morirá. Cualquier día, en algún pueblo perdido, surgirá algún chaval diciéndose a sí mismo: pero, ¿dónde aprendí yo esto?". Y no habrá respuesta. Habrá brotado de un hondo sustrato humano especialmente sensible para el toreo.
Comentarios
Sin comentarios
|
|
|
| |
|
|