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Sánchez Mejías, la amargura de la injusticia. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 18/11/2009 |
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Ahora, que la tele nos sigue descubriendo más ‘papanatas’ de oropel que hablan con faltas de ortografía, Andrés Amorós ha encontrado una novela inédita firmada por Sánchez Mejías, y yo me vuelvo a acordar de ese personaje que siempre me cautivó y con el que, probablemente, no se haya hecho justicia.
Ignacio Sánchez Mejías; siempre me cautivó su personalidad. Y no me refiero únicamente al torero, sino al poliédrico personaje que encarnó y lo que representó en la historia de España. Leí en algún lugar que de haber nacido norteamericano ya habría sido objeto de varias películas. Seguro. Habrá quien piense que le queda la gloria de ser considerado uno de los grandes nombres de la tauromaquia. Efectivamente; lo fue. Gozó de enorme popularidad y fue capaz de entusiasmar a cualquier público con su valor y arrogancia. En 1920 contrató más de un centenar de corridas y sólo dos cornadas le impidieron alcanzarlas. Más de cien corridas de principios de siglo. Sin duda era uno de los grandes.
Pero Sánchez Mejías fue mucho más que un torero. Tanto vestido de luces como de calle, gozó de la admiración de los hombres y del afecto de los artistas. Además, disfrutó del amor de las mujeres, para quienes era un macho espléndido, una curiosa mezcla de ruda hombría y de refinada elegancia; quizá un poco duro pero al mismo tiempo también tierno y fino. Sin duda un irremediable seductor.
Dos fotografías muy célebres me vienen a la memoria cada vez que pienso en él. En la primera, desolado por el dolor, el torero se sostiene la cabeza con una mano mientras con la otra acaricia a su cuñado Joselito yaciente tras la fatídica cornada de Talavera. La segunda es menos emocionante, pero, al tiempo, quizá más injusta. Se trata de la conocida instantánea que congrega en el Ateneo de Sevilla a varios de los más ilustres representantes de la Generación del 27. Precisamente tal denominación se le debe a Ignacio Sánchez Mejías, que fue quien costeó la famosa reunión de los poetas que quisieron rendir homenaje a Góngora en el verano de 1927 en su finca de Sevilla. Y en la foto falta él.
Resulta curioso, pero aquel hombre tan comprometido con la cultura sintió la atracción por la erudición de forma tardía. Tanto que aprobó el Bachillerato en un solo examen y de todas las asignaturas a la vez siendo ya un hombre hecho y derecho. Aunque era hijo de un médico y vivía en el seno de una familia acomodada, pronto había dejado sus estudios para embarcarse de polizón a América. Su aventura acabó en Méjico, donde comenzó a torear.
Sin embargo, la dimensión de Sánchez Mejías fue mucho más allá del toreo. Fue intelectual, boxeador ocasional, piloto de avioneta, jugador de polo, automovilista, actor, promotor de un aeropuerto en Sevilla, dramaturgo, periodista, conferenciante, novelista, poeta, presidente del Real Betis Balompié y de la Cruz Roja. Además fue el primer candidato de la República para ocupar el puesto de gobernador civil. El no va más.
Su carrera taurina estuvo jalonada por diversas idas y venidas a los ruedos. En 1927 anunció su retirada más prolongada para dedicarse a la literatura y al teatro. Siete años más tarde decidió reaparecer. Esa misma temporada murió de una cornada, como su cuñado Joselito.
En su andadura por la vida pudo preciarse de ser amigo de Gerardo Diego, de Dámaso Alonso, de Luis Cernuda, de Jorge Guillén, de José Bergamín, de Manuel de Falla, de Rafael Alberti, que llegó a vestirse de luces en Pontevedra para hacer el paseíllo en su cuadrilla, de Federico García Lorca, cuyo “Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” es para muchos la mejor elegía escrita en español.
Sí, Ignacio Sánchez Mejías fue mucho más que torero. Ya no quedan personajes como él. Quizá nunca los hubo. Y lo más triste es que posiblemente todavía no se le haya reconocido todo lo que significó para el arte, la literatura, la cultura y la historia de España.
Hace unas fechas el académico Andrés Amorós encontró una novela inédita firmada por Sánchez Mejías mientras preparaba el 75 aniversario de su muerte. Lleva por título "La amargura del triunfo", un nombre que obedece a una idea muy reiterada por el diestro sevillano, la de que la vida del torero está llena de sinsabores y amarguras, conceptos que fueron utilizados con el mismo sentido en la conferencia que el matador dio en la Universidad neoyorquina de Columbia en 1930.
Efectivamente, el toreo, como la vida misma, es sacrificio y dureza, aunque eso no sea lo que más se ve desde fuera. Y ahora, que Amorós ha sacado de nuevo a la luz al polifacético Ignacio y que, por otra parte, la tele nos sigue descubriendo más ‘papanatas’ de oropel que hablan con faltas de ortografía, me vuelvo a acordar de ese personaje que siempre me cautivó y con el que es muy probable que no se haya hecho justicia.
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