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El Chamaco de mi afición temprana, nuevo artículo de Díaz-Manresa
Por Ricardo Díaz-Manresa 11/11/2009 |
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Fue un diestro de mucha personalidad, discutido y polémico y que despertó como nadie el interés en la Barcelona taurina. Un torero diferente.
El Chamaco de mi afición temprana
por Ricardo Díaz-Manresa
11-noviembre-2009
Lo que es la vida. Cuando la Barcelona taurina languidece y sólo Dios sabe si vivirá, nos deja el gran ídolo de la ciudad condal, el onubense Antonio Borrero “Chamaco”. Cataluña se puede quedar sin toros y nosotros, los que le admiramos de niños, nos hemos quedado sin torero.
El desfile que se llevó en los últimos días a Juan Posada –espada abrecaminos en la crítica taurina- y al padre de Paquirri –fundamental este Antonio Rivera en la creación y formación del gran profesional de Barbate- se une ahora la pérdida de este matador de toros de gran personalidad.
Es el reloj de la vida que marca implacablemente las horas y a cada uno le llega la suya. Menos mal que la de Antonio Borrero estuvo llena, con su carrera taurina –discutida-, con su hijo torero –de corta carrera- y con sus negocios en la tierra onubense a la que le fue fiel durante todo su tiempo.
Carrera taurina discutida por su estilo no clásico, fuera de los cánones, valiente, apasionado, que volvió loca a Barcelona siendo el torero no local que más hizo vibrar a los catalanes, bien capitaneado, dirigido y aconsejado por aquel genio llamado Pedro Balañá, el viejo, que ahora cada vez que mire a su ciudad taurina y a sus descendientes pondrá la cara de espanto mayor que pueda contemplarse en el otro mundo.
Madrid, muy duro entonces, que no perdonaba la ausencia como novillero de cualquiera que se vistiera de luces máxime si aspiraba a gran torero, lo recibió de uñas cuando apareció en Las Ventas y la verdad es que nunca fue torero de los aficionados de la capital.
En realidad, no puede decirse que fuera torero –y es lo que quiero recordar a bote pronto- de las plazas de primera, pero en la de Barcelona fue capitán general. Tenía una personalidad que a los niños de entonces nos atraía y que le fuimos viendo hasta su retirada que nos pilló en plenos estudios universitarios. Nadie le pudo negar su atractivo en las masas.
Además el ambiente de su Huelva, con Litri en activo, hacía que los calores de su fuego no se apagaran. Daba la vuelta a España, alternaba con las figuras y tenía la estela del que no pasa indiferente en lo bueno y en malo. Sus triunfos eran auténticos y sus fracasos verdaderos. Una tarde en Albacete ví lo nunca visto : el ruedo lleno de almohadillas, pero lleno, casi sin espacio para moverse toro y torero.
Intentó apagar la vocación de su hijo enviándolo a Inglaterra a estudiar, pero tuvo que transigir hasta que la vida enseñó a los dos que tenía más afición que cualidades. Pero pudo sentir la ilusión, la emoción, la satisfacción y el miedo de tener un heredero en los ruedos.
Lo de niño siempre es mejor. Por eso siento ahora la pena de la desaparición de uno de mis –entiéndanme- juguetes vivos, que además sirvió para arrimarme al toreo y quedar prendido por su magia, por meterme en el cuerpo el veneno del toreo.
Fue siempre discutido, pero nadie puede quitarme los buenos momentos que me hizo pasar porque entonces a mí ya me atraían los humanos que querían ser originales, lo consiguieran o no.
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