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Ir a Roma y no ver al Papa. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 14/10/2009 |
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Ya lo dijo Juan Belmonte: “torear es mandar”. Acompañar la embestida es sólo parafernalia, oropel, es continente sin contenido. Convendría que los maestros diesen ejemplo y que los profesores de las escuelas taurinas se lo enseñaran a sus alumnos.
Mi buen amigo Quino olvidó a su madre en Roma. Quino corre maratones desde que un día cambió el tabaco por las zapatillas con cámara de aire. Sus piernas han recorrido muchas de las maratones internacionales más prestigiosas. Ámsterdam, Zurich, París, Londres, Berlín, Chicago, Nueva York...
Quino siempre viaja con compañeros de club, trotamundos devora-kilómetros que encuentran en la competición el estímulo para seguir entrenando y en estos viajes la salsa de la vida. Cuando el bueno de Quino anunció en casa que iba correr la maratón de Roma, su madre se apuntó al viaje sin darle otra opción.
Lo importante para la mamá de mi amigo no era el espíritu olímpico ni la clasificación de su hijo, sino ver al Papa. Encontrarse con el Sumo Pontífice era su gran sueño, y no podía desaprovechar la ocasión. Así es que hacia Italia marcharon los dos juntitos.
La jornada anterior a la carrera Quino debía retirar el dorsal en un recinto habilitado a tal efecto, en el que, además, se celebraba la Feria del Corredor. Coincidía con el día en que el Santo Padre salía a la Plaza del Vaticano a saludar a los fieles. Cada uno por su lado, y sin teléfono móvil, convinieron en encontrarse después de comer en la célebre Piazza San Pietro de la ciudad santa.
Pero entre las últimas innovaciones en zapatillas acolchadas de energía retornable, camisetas transpirables, calcetines sin costuras y pantalones antirozaduras, Quino olvidó a su madre a la vera de la Basílica más importante del catolicismo. Sólo recordó que tenía que recogerla en el momento en el que clausuraban la Feria.
Eran más de las nueve de la noche cuando el maratoniano llegó al lugar de la cita, y claro, mamá ya no estaba allí. Afortunadamente la progenitora de mi colega, conocedora de los habituales despistes de su vástago, se había apuntado el nombre del hotel en el que se hospedaban. Ese fue su salvoconducto.
Me lo relataba un amigo común ayer. No sé como vino a la conversación. Lo cierto es que yo le estaba contando que el fin de semana había ido a los toros a Valencia y que me había dado la impresión de que demasiados toreros se habían olvidado de torear.
Sí, aunque parezca increíble, durante los últimos festejos de la Comunidad algunos actuantes no torearon de verdad, sino que acompañaron las embestidas. La diferencia estriba en el mando. Torear es presentar la franela adelantada, enganchar al toro y obligarlo a seguir la tela hasta donde uno quiere. Torear es ralentizar el ímpetu del animal y templarlo llevando la muleta baja y sintiendo el toreo.
Cuando se acompañan las embestidas se puede templar, pero falta transmisión. Cuando se acompañan las embestidas el torero se puede poner bonito, pero falta entrega. Cuando se acompañan las embestidas el público aplaude tras cada serie, pero los olés no jalean cada pase. Acompañar la embestida es parafernalia, es oropel, es continente sin contenido; falta emoción. Y de eso ha habido demasiado en los últimos festejos de Valencia.
Ya lo dijo Juan Belmonte: “torear es mandar”. Convendría que los maestros diesen ejemplo y que los profesores de las escuelas taurinas se lo enseñaran a los alumnos. Pegar pases sin torear es como ir a Roma y no ver al Papa; algo parecido a lo que le ocurrió a Quino.
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