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La fe y Julio Aparicio, nueva opinión de Antonio Campuzano
Por Paco Delgado 19/06/2009 |
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Julio Aparicio, con cuarenta años de vida, con alguna demolición de su poder físico, con menos pelo, ha cuajado un toro en la ciudad condal.
De nuevo la plaza de Barcelona, ese patio de ensayos taurinos que parece marcar acontecimientos que luego irradian sus efectos al resto del orbe, ha servido para alumbrar una nueva herramienta para la creencia y su arraigo en ella, la fe.
Julio Aparicio, con cuarenta años de vida, con alguna demolición de su poder físico, con menos pelo, ha cuajado un toro en la ciudad condal. Los depósitos de sensibilidad y de arte tan cerrados de siempre de vez en cuando se abren. Y esta vez ha tocado en Barcelona, con un toro de El Ventorrillo, que se apunta, atrás el caso de Tomás, con renovación de presencia el 5 de julio, al azar, quizá muy bien buscado, de la recuperación de este torero imprescindible en los carteles de calidad.
Ya muy lejos en el tiempo aquella primorosa faena al toro de Alcurrucén, en las Ventas, una de las más y mejor construidas con el apoyo del arte y la medida del tiempo. Aparicio ya estaba asolerado hace quince temporadas, lo que quiere decir que en los años venideros ya se podrá hablar de otras categorías y calidades aún no inventadas en este torero, de seguir en su identidad la pertinaz manía de ser torero.
En Barcelona, dos salidas de tandas con esa pierna izquierda adelantada y dando un telonazo a la muleta, con desdén y majestad de torero absolutamente inimitable, reencontraron a muchos aficionados con la alegría de la fe renovada por partida doble: la de los aficionados y la del propio Julio Aparicio.
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