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Esplá, mucho más que un triunfo en la plaza. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 09/06/2009 |
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La tauromaquia en estado puro. La entrega en el ruedo, la emoción en el tendido, el fervor de los aficionados, la pasión tras el triunfo… Así le gusta a Esplá, y así me lo inculcaron a mí.
No sé si fue o no un milagro; si era cuestión de justicia o si por el contrario el azar jugó a su favor. La verdad es que yo no creo en las casualidades sino en el fruto del trabajo arduo. Trabajo y sacrificio, ese fue el secreto en el que se fundamentó el reciente éxito de Esplá en Madrid ¿El mejor? Muchos compañeros así lo aseguran: “El triunfo más rotundo del alicantino en Las Ventas… Esplá entra en la historia…”.
Personalmente pienso que atreverse a sentenciar tales afirmaciones es una osadía, incluso puede denotar falta de memoria. Esplá protagonizó en la misma plaza y ante toros de Victorino la llamada “corrida del siglo” en 1982, y sus éxitos son innumerables con todo tipo de divisas. Es cierto que en los últimos años le hemos visto generalmente lidiando los hierros más duros y desagradecidos, frente a los que es muy complicado triunfar con rotundidad, pero no hay que olvidar que el maestro perteneció a la famosa terna de matadores-banderilleros y que, hasta que decidió abandonar aquella formación, fue figura indiscutible de la tauromaquia, y como tal, muchas veces se anunciaba con ganaderías más apetecibles consiguiendo éxitos apoteósicos en todas las plazas.
¿Ha sido el mayor triunfo de Esplá en Las Ventas? Ha sido el último, y quizá uno de los que más ha sorprendido. ¿Por qué? Porque, acostumbrados a ver su faceta lidiadora, habíamos perdido sus referencias artísticas. Y ese es el Esplá que se vio en Madrid, un torero inmerso en elegante estética, abandonado a la inspiración, con pellizco, también profundo. Era el mismo de siempre, el científico de los terrenos, querencias y distancias, pero lidiando un toro -moldeando un material- que le permitía expresarse en todas sus dimensiones, y no sólo en la más poderosa y dominadora.
Le pilló la suerte trabajando a este menudo gran hombre. Llevaba mucho tiempo concentrado, sin distraerse lo más mínimo de una preparación exhaustiva. Y cosechó lo que merecía en justicia. Tuvo que salir el último toro de su carrera en Madrid. En el último instante. Casi en el tiempo de descuento. Cuando todo parecía indicar que la suya no iba a pasar de una despedida digna, apareció por chiqueros “Beato”, un toro de Victoriano del Río de 620 kilos. Era el regalo de Dios, o de la diosa fortuna, el azar, la casualidad o la justicia, vaya usted a saber, pero hasta el molesto viento paró para disfrutar de aquella tauromaquia emocionante, sincera y entregada.
Hubo que esperar, pero mereció la pena. Treinta y tres años de matador toreando ininterrumpidamente. Anunciado en veintisiete ferias de San Isidro, el que más en la historia. Ochenta y siete tardes en Madrid, segundo tras Antonio Bienvenida. Ciento ochenta y tres toros lidiados en Las Ventas, de los cuales veintiocho fueron de Victorino. Que nadie lo ponga en duda, el maestro ya llevaba mucho tiempo inscrito con todos los honores en el libro de la historia de la tauromaquia, y este adiós ayudará a subrayar aún más su nombre con letras de oro.
Esplá, tan reacio a las modernas salidas por la puerta grande -tras las que el matador cotiza la propina de rigor a su costalero- fue izado en hombros por su hijo, a quien rodeaban otros toreros, amigos y entusiastas aficionados. ¡Así sí! El hotel se quedó pequeño para acoger a los más de quinientos partidarios que quisieron felicitarle, y el sentido de la tauromaquia volvió a entenderse como a uno le inculcaron. Entrega, emoción, fervor, pasión… y yo, que no estuve físicamente allí, me uní en alma a aquellos quinientos.
Fotos: las-ventas.com
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