El desamor de El Cid, nuevo artículo de Antonio Campuzano
Por Antonio Campuzano 04/06/2009
 
Se advierte en El Cid una crisis vocacional que, pudiera ser legítima habida cuenta de los resplandores de las últimas temporadas.
avance Desde hace ya unas temporadas, entre la torería de Morante y los ejercicios de bravura humana por valor y firmeza de José Tomás y Miguel Ángel Perera, se podía hablar de otro estilo, el de la pulcritud del toreo largo, didáctico, pletórico en su usanza al natural, todo ello de El Cid. Mas este año el espada de Salteras ha incubado algún mal interno que hace del interesantísimo representante del clasicismo, excelso con la muleta en la mano izquierda, un torero aberrinchado, ausente de motivación, y lo que es peor, un torero al que no le sirven los toros.

Cuando la condición mollar de un torero se presenta, sucede del mismo modo una cosa: prácticamente todos los toros son habilitados a favor del diestro, a los que acierta a ver con clarividencia propensiones hacia el triunfo. Se advierte en El Cid una crisis vocacional que, pudiera ser legítima habida cuenta de los resplandores de las últimas temporadas, con brillantez especial con toros de Victorino a los que hacía acoplarse a su toreo de enorme gobierno y exigencia de toros apropiados.

Su inspiración, sorprendentemente, tiende a desaparecer para convertirlo en juguete de público de Madrid, el mismo que aclamó sus hazañas. Y para ese juego mordaz, asaeteado de críticas acerbas y probablemente injustas en algún caso, El Cid demuestra no estar en absoluto preparado.

Contrariamente a lo que hacían hace veinte años Espartaco, Capea, Paco Ojeda, cuando les llegó la hora que ahora ha llegado a El Cid, que se entregaban a un hieratismo de rostro, como si nada les perturbase, el torero sevillano adquiere por derecho propio un gesto cruzado de ofuscación y desavenencia que incendia las atmósfera de la plaza, y entra de lleno, erróneamente, en la justa de desamor entre torero y público.

Más lo importante no debe quedar en el olvido: El Cid es un enorme y genuino epígono del toreo más acreditado y puro, excelente cuando lo ejecuta al natural. Y la fiesta, no menos naturalmente, está muy necesitada de su concurso.



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