La ovación que pudo escuchar la muerte. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 02/06/2009
 
Mientras un hombre escuchaba la llamada del más allá, unos aplaudían a rabiar el juego de los toros que habían propinado una de las cornadas más espeluznantes que uno recuerda, y otro salía a saludar con orgullo y satisfacción. ¿Dónde está el respeto y la sensibilidad del toreo que me transmitió mi abuelo?
avance Siempre entendí la tauromaquia como algo elegante, caballeroso. Desde luego que en el ruedo tiene su parte de intrepidez, de picardía, de valerosidad, pero todo envuelto en seriedad, en dignidad, en respeto; tal cual sucedía en los duelos entre los espadachines nobles de antaño. Se mataban, sí, pero sin perder las formas, siempre con galantería.

En pleno siglo XXI el rito taurino únicamente tiene sentido si transmite los mejores valores que puede ofrecernos la vida misma. El toreo sólo se entiende si en la lucha hombre-animal, la fuerza acaba doblegada por el poder de la inteligencia, si la lidia es capaz de crear la ilusión de una danza armónica que transforma dos voluntades contrapuestas en un solo cuerpo. Estoy convencido de que si no fuese así la fiesta de los toros ya hubiera desaparecido. ¿O alguien cree que se aceptaría un espectáculo si fuese grosero, mezquino, chabacano, vulgar y si provocase la burla y el deshonor? No, seguro que no.

Pero el ritual taurómaco, además de valor, técnica y arte, comporta una filosofía de vida fuera del círculo mágico. Un modo de comportamiento distinguido, formal, respetuoso, noble, quizá romántico, por qué no, también majestuoso. Al menos así me lo transmitieron mis mayores, de los que fui de la mano a ver mis primeras corridas.

El pasado miércoles se me desmoronó parte de ese concepto del toreo que me inculcaron. En Madrid, el quinto toro de la tarde había corneado a Israel Lancho por el pecho. Era una de las cogidas más espeluznantes y dramáticas que uno pueda recordar. Todo hacía presagiar lo peor. Al acabar el festejo, y mientras el chaval se debatía entre la vida y la muerte, sin que nadie tuviese noticias del quirófano, el público de Madrid ovacionó al mayoral de la ganadería de la tarde, la de Palha. Y tan campante, el hombre salió al ruedo como si nada hubiese pasado para saludar sombrero en mano.

La ovación premiaba el buen comportamiento de la corrida en conjunto. Dicen que de toros no entienden ni las vacas. Y debe ser verdad, porque no comprendí aquellos aplausos. El encierro fue correoso, muy complicado, e hizo pasar las de Caín a la terna. Es cierto que hubo dos toros con más posibilidades de éxito de las que pudimos ver, pero desde luego que no fue una corrida brava, si por bravura se entiende capacidad de entrega hasta la muerte.

Pero si fue o no justo el premio no es lo que me preocupa. Aún saliendo la corrida soñada, yo, que vuelvo a insistir en que entiendo la filosofía del toreo como elegante caballerosidad, como respeto absoluto, no hubiese aplaudido mientras un hombre podía estar muriendo de una cornada propinada por uno de esos astados vitoreados. Y menos aún hubiera salido al ruedo a corresponder a la ovación. Existe algo llamado sensibilidad, o debería existir, porque visto lo visto, la tauromaquia está contagiándose de algunos malos hábitos de la sociedad que nos rodea. No está mal que la Fiesta siga anclada en el pasado si ello conlleva respeto, dignidad y sensibilidad.


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