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La conmoción, nuevo artículo de Antonio Campuzano
Por Antonio Campuzano 28/05/2009 |
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El toreo no solo vive de la belleza, el triunfo, la vuelta al ruedo, las orejas, los contratos, el resplandor
Históricamente, la dualidad éxito-tragedia ha acompañado esta representación. Y el embudo que lleva instalado este asunto en sus identidades y su carta de naturaleza se activa para facilitar la digestión de una cosa y la otra. Bien es cierto que los atisbos de drama, como el de la cogida de Israel Lancho, resultan de más difícil asimilación. Y asoma la demagogia con fácil despliegue: los toros ilidiables a quien más necesitan de los que aportan colaboración, con olvido que los soberanos del escalafón también rindieron su vida entre cuernos homicidas, Paquirri, Yiyo, Manolete.
Otro ribete de interpretación que asoma es el de los críticos del toreo, muerte del toro incluida. Esta facción replicante llega a poner en la misma línea de comparación a Lancho con el caballo de Hermoso de Mendoza corneado el sábado pasado. Es decir, que animales somos todos. Ni qué decir tiene que el componente sentimental del torero brutalmente herido, con la presencia en la plaza de su compañera, agranda las dimensiones del acto de enorme hostilidad escénica que supone una cogida de esas características.
En horas veinticuatro un torero como Daniel Luque hace verter las más delicadas líneas literarias en lo que parece el inicio de una trayectoria de relevancia artística y social, y en ese mismo espacio de tiempo otro espada escapa de la muerte inferida por un toro en una milagrosa acrobacia del destino, exactamente en el mismo lugar, la considerada la primera plaza del mundo, por escaparate e impulso mediático de cuanto sucede en el orbe taurino.
Sin épica de goce, el toreo sería una manifestación declinante con ausencia de premios y ambientada sólo en la técnica llamada lidia. Pero sin el olor a tragedia con muerte al lado, sería rutina con inclinación a los días contados. Todo lo contrario que el día de hoy de la fiesta, como se está viendo en San Isidro, que está tan viva como casi siempre.
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