Morante y los puros, nuevo artículo de Antonio Campuzano
Por Antonio Campuzano 21/05/2009
 
¿Es mala esta confusión entre mundos aparentemente tan distantes, si bien fumar en los toros adquirió ya por derecho propio categoría indiscutible?
Para los expertos en puros, lo que hace Morante de la Puebla en el callejón es una heterodoxia que probablemente merezca un castigo bíblico: encender un doble corona y en la mejor fase de su tiro abandonar el objeto de deseo para a ir a lidiar un toro significa algo más que una revisión de los tiempos de parar, templar y mandar del verdadero fumador de habanos. Allí, detrás de la tronera, solo, huérfano de todo cariño, el producto del Caribe, pendiente de una ráfaga de viento que lo malogre del todo.

En la arena, entretanto, un matador se dedica a otros menesteres para los que ha sido contratado. ¿Es mala esta confusión entre mundos aparentemente tan distantes, si bien fumar en los toros adquirió ya por derecho propio categoría indiscutible? Pues no lo es. Morante es representante del clasicismo y también de la revisión, a lo que se ve.

Se dijo de Antoñete, Joaquín Vidal dixit, en sus hervores finales, ya casi domesticado el hombre por el vicio, que se podía hacer una excepción reglamentaria para habilitar al torero del mechón para torear mientras fumaba.

Estas dos cosas, ha entendido Morante, no se pueden hacer al mismo tiempo, pero se ha buscado los intersticios para practicarlas muy cerca la una de la otra. Y tan cerca, en el callejón. Morante es dueño de patillas de hacha, o de sílex, viste medias blancas cuando es su deseo, se ata una coleta como un náufrago, usa y quizá abusa del azabache, es el abanderado de los intelectuales que no denostan a la fiesta. Contribuye con su estética a componer, junto con José Tomás, un escenario verdaderamente singular en los últimos años del asunto taurino. Luego viene cuando torea a la verónica, o cuando sale de la suerte en la faena de muleta e inventa, imagina, fabula, pero sin salirse de la belleza y el riesgo que implica medirse a un toro. La pureza, la corrección, el perfeccionamiento de las habilidades y los conceptos adquieren en el diestro de La Puebla unos contornos inimitables.

Morante no es heredero, no es continuador de nadie. Los modos con que afronta cualquier dificultad de la lidia en muchas ocasiones ni siquiera se han visto en publicaciones e imágenes del pasado más alejado. Morante es el propietario de manifestaciones o revelaciones inéditas en el manejo de los trastos. Él lo pregona con una desenvoltura, con una majeza, especiales. Y nadie puede decir que se salga de los códices de los que proviene el toreo de siempre, pero con aportes genuinos.

Si todo ello es así, como lo es, ¿cómo se va a escandalizar el cuerpo taurino bendecido por dos siglos de desarrollo por un puro de más o de menos que humee por el callejón? La iconoclastia consiste en otra cosa, por ejemplo la irremisible pérdida de poder de los toros, pero el asunto de los puros está por encima de esas contingencias.

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