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Núñez del Tresillo, nuevo artículo-crónica de Díaz-Manresa
Por Ricardo Díaz-Manresa 20/05/2009 |
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Los adormilados y soseras toros dé Núñez del Cuvillo o Núñez de Tresillo, como quieran, protestados en la primera mitad de la corrida fueron los culpables por mansos, bobalicones y flojos, se salvaron, es un decir, con el quinto. Corrida número 13 y el Rey con poca suerte cuando acude. Plaza a reventar y desánimo generaliizado.
Núñez del Tresillo
por Ricardo Díaz-Manresa
20-mayo-2009
Lo teníamos todo, corrida del clavel, llenazo y ambientazo. Teníamos a los cuvillos, comprados por si José Tomás venía. O sea, toros de triunfo. Teníamos al Rey. Teníamos a la Infanta Elena. Teníamos la plaza a reventar. Y teníamos dos toreros en forma, Juli y Perera, y otro, Cid, que está en crisis y debía superarse y romper la racha. Teníamos la plaza a reventar.
Pues hubo patinazo. Menos mal que la corrida fue de dos horas justas, el tiempo de los festejos de antes. Pero empezó a ponerse todo en contra. Era la corrida número 13, y se notó. El Rey desde aquella tarde de Antonio Ordóñez “Faena de Príncipe” –cuando esperaba acceder al trono- no tiene suerte cuando acude. Don Juan Carlos llegó tarde y ya se había iniciado el paseíllo porque es la tradición y el único espectáculo de España que empieza en punto, con o sin monarca. Loa fotógrafos inundaron el ruedo mientras los toreros desfilaban. Un lío y un despropósito.
Los tres primeros cuvillos, sin trapío pero con cuernos, embistiendo –es un decir- sin ganas y por penosísima obligación acabaron de arreglaron y se lo pusieron en bandeja a los protestotes. No sé dónde está la inteligencia de estos tres toreros que eligen una corrida que saben irrita a Madrid. Y no digamos los apoderados. Roberto Domínguez está lo suficientemente preparado para no pegar este petardo cuando su torero se encuentra en celo y puede armarla de verdad. Y supongo que Cepeda se habrá enterado de lo que conviene a Perera –otro que muerde- para triunfar en Madrid. Pues no. De las excelentísimas lumbreras Miguel Tornay y Santiago Ellauri, no digo una palabra. Desde hace años estoy escribiendo que quieren hundir al Cid y están ya a punto de conseguirlo. El Cid, la tercera lumbrera de este trío, ¿no se ve ridículo en un ruedo tan grande como el de Madrid con un toro que apenas le llega a la cintura?. El Cid, lo repito, el que mejor ha toreado al natural en los últimos 30-35 años, lo están preparando Tornay-Ellauri para mandarlo a los albañiles. Si cuando tenía triunfos de clamor, no sabían venderlo, veremos qué hacen ahora cuando hay unanimidad de que el torero está en crisis. De momento ya pierde por 4-0 como el Madrid de ahora (3 de Sevilla y 1 de Madrid)
Por si faltaba poco las pancartas críticas aparecieron antes del festejo. Me dio tiempo a leer cuatro : “Pucherazo Taurodelta”, “Estamos hartos”, “¡Qué vergüenza!” y “Las Ventas, en saldo”. Dono una caja de vino de doble número de botellas de las de Canal Menos si Manuel Francisco ha dicho algo de las pancartas o las ha enseñado. Hasta ahora, están felices, como siempre. Dame pan y dime tonto.
El Juli se distinguió por su voluntad y su cara de circunstancias, pero es suya la responsabilidad de venir con una corrida como ésta. Ni matando se lució. Por el contrario Perera, con capote y muleta, se quedó quieto como una vela con sus toros de funeral. No había toros pero sí torero. Quieto, templado y poderoso, esto último, ¿para qué? Demostró que, en cuanto le embistan, la arma. Y dile a Fernando Cepeda no empiece a meterte en las ciénagas, que no te convienen y te perjudican mucho y que no se arregla esta metedura de pata con pasarse de faena y ponerse pesado como en el sexto.
El Cid pasó el quinario con el jabonero que apretaba y había que estar muy dispuesto para colocarse y templar las continuas repeticiones embistiendo. Se cumplieron a rajatabla los famosos dichos “Cuando hay toreros…” y “Corrida de expectación….” Mientras los que se quedaron en casa dormirían plácidos ante estos toros tan soseras. Porque Núñez del Cuvillo fue Núñez del Tresillo. Una cagadita en general que invitaba al sueño, incluso si los durmientes entrevieron el trapío de la segunda parte de la corrida, que fue otra cosa.
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