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Concurso de errores, nueva opinión de Paco Delgado
Por Paco Delgado 21/04/2009 |
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Dejar que un toro vaya al caballo seis veces es prescindir de la faena de muleta.
La corrida concurso de ganaderías celebrada en Las Ventas no ha servido sólo para ocupar un domingo más en la amplísima programación venteña.
Ha dejado claro, por un lado, que el trapío no está en los kilos. Algo obvio para los aficionados pero que suele olvidarse a la hora de algunos reconocimientos o que, en otros, se ignora por completo. Un toro -que luego fue el ganador de dicho concurso- que no dio ni diez arrobas en la báscula tuvo una presencia imponente e impresionante. Y llenó un ruedo tan inmenso como el de la Monumental madrileña.
Por otro lado demostró que una corrida se compone de tres tercios, aunque en la lidia de uno de los toros concursantes -precisamente aquel de tanta seriedad- sólo hubo uno, el primero, dejando que el animal fuese al caballo hasta seis veces. Una cosa es dejar lucir al toro en varas, y más en una corrida concurso, y otra permitir que su lidia acabe con la actuación del picador. Lo que lleva a otras dos hipótesis: a) el diestro encargado de su lidia y muerte se equivocó de parte a parte, ya que el astado, lógicamente, llegó sin fuelle ni motor a la muleta, imposibilitando cualquier tipo de lucimiento a su matador, y b) el diestro encargado de su lidia y muerte obró con pleno conocimiento y permitió que el toro se acabase bajo el peto, teniendo ya excusa para no vérselas con tan fiero oponente.
Este hecho permite, además, volver sobre un tema recurrente y no por ello solucionado: el del tercio de varas. El caballo sigue sin guardar relación ni proporción con el toro, que se estampa contra una especie de mastodonte acolchado contra el que es imposible la lucha de igual a igual, siendo nulas las opciones del bóvido frente al equino, lo que se traduce en una desmoralización del toro que abandona ya la lucha.
Por si esto fuera poco, el picador se limita a hacer carne, sin atender a las condiciones de la res -¿miran alguna vez a ver si hay que picar más delantero o más trasero por que el toro eche la cara arriba o por que humille demasiado, por ejemplo?-, rectificando cuantas veces hagan falta -con lo que de un viaje al caballo se traducen fácilmente tres o cuatro puyazos; ¿es preciso hacer repetir la suerte?- y tirando de una puya que -se ha demostrado infinidad de veces en análisis post mortem- causa unos destrozos espeluznantes, siendo de admirar que, a pesar de todo, el toro siga luego intentando embestir y convirtiendo la suerte en una desgracia.
Aplaudir, en estas condiciones, que a un toro le dejen ir seis veces al caballo es un -otro- disparate.
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