Nouvelle cuisine el día de San José. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 24/03/2009
 
La tarde del 19 de marzo dejó una faena sublime y muchos momentos para el recuerdo. Me gustó la vertiente detallista de la afición valenciana. Es la Valencia taurina que me alegra, me interesa y me emociona.
avance Siempre he sido hombre sensible, de lágrima fácil. No ante el dolor, sino ante las emociones. También primo la calidad a la cantidad, la nouvelle cuisine al plato lleno. Prefiero intensidad a inmensidad. Así es que, si además, la emoción es intensa, la conmoción en mi interior está asegurada.

La recién finalizada Feria de Fallas ha tenido momentos de gran vibración, por su puesto, pero fue la tarde que cerraba el serial la que ofreció varios de los instantes que más me impresionaron. El primero recién finalizado el paseíllo, cuando la afición aclamó de forma espontánea y sincera a Luis Francisco Esplá en reconocimiento a toda una vida dedicada al toreo. Era la despedida de Valencia del maestro que, aunque insistía en invitar a sus compañeros a participar de los aplausos, finalmente tuvo que salir en solitario a corresponder la ovación. El detalle del público, no por merecido y esperado dejó de emocionarme. Como me alegró que Esplá, una vez había saludado a la ferviente clientela, obligase a Ponce y a Barrera a compartir protagonismo junto a él. Me gustó la sensibilidad de los valencianos y la generosidad del veterano alicantino.

Me impactó el silencio imperante a lo largo de la corrida ¡Cuánto difería de otros días de feria! Era un silencio que implicaba atención por lo que estaba ocurriendo en el ruedo y que significaba respeto por lo que en él se desarrollaba. No era el silencio de Sevilla. Era un silencio con más run run, con más aliento, con más pólvora. Era el silencio de Valencia.

Me entusiasmó una parsimoniosa vuelta al ruedo de Enrique Ponce, apoteósica, en la que el de Chiva intentaba corresponder casi de forma individual a todos cuantos le aclamaban. Me encantó que hasta los areneros cesaran su labor, que se apartasen para dejar el centro del anillo libre y que aplaudieran rendidos al triunfador.

Y me sorprendió la Puerta Grande. Hacía tiempo que no veía una salida a hombros con tanto fervor. Los porteadores no eran los típicos capitalistas, auténticos profesionales a la caza de la suculenta propina del maestro, sino una pandilla de amigos, entusiastas admiradores de Ponce que hicieron que el momento fuese auténticamente clamoroso.

La tarde del 19 de marzo dejó una faena sublime y muchos momentos para el recuerdo. Me gustó esta vertiente detallista de la afición valenciana. Es la Valencia taurina que me alegra, me interesa y me emociona.


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