Del ¡olé! al ¡uy! Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 24/12/2008
 
La Fiesta pierde reconocimiento artístico a favor de épica dramática.
avance Vivimos la época del ¡uy! por encima del ¡olé! La gran masa de público, que es quien llena los tendidos, parece haber desmitificado la condición de héroe del torero. Y a ello han contribuido varios factores:

- La perfección técnica alcanzada por los toreros en los últimos años, gracias a la posibilidad de ver muchas más corridas que hace sólo unas décadas, gracias a la aparición del vídeo, que posibilita el estudio y perfeccionamiento de posibles defectos, y también a la proliferación de las escuelas taurinas.

- La perfección ganadera. Se cría un toro para el torero, que ofrezca muchas posibilidades de éxito con pocas complicaciones, lo que ha contribuido a la uniformidad de comportamiento, pues todos los ganaderos, críen el encaste que críen, buscan las mismas cualidades en sus toros.

- La evolución de la medicina. Afortunadamente ahora es muy difícil que un torero muera en el ruedo. La cornada de ayer ha pasado hoy a ser un simple puntazo. Las reapariciones tras las cogidas son prácticamente inmediatas, desembocando en la pérdida de ese halo de heroicidad que envolvía al matador.

Así es que, para conseguir que lo que se desarrolle en el ruedo tenga la máxima trascendencia, la épica se tiene que llevar al extremo. De ahí el impacto de la tauromaquia de José Tomás o de la resonancia del último éxito de Perera en Las Ventas tras ser herido por dos veces de manera trágica. Se valora mucho más el drama que el arte. La gente quiere cosas extraordinarias.

Pienso que falta público entendido, aficionados. Los hay, pero cada vez en menor cantidad. En los primeros años de la tauromaquia no existía la amplia oferta lúdica, festiva y de ocio de ahora. Ni fútbol, ni baloncesto, ni cine; sólo toros y varietés. No había Seat 600 que trasladase al público a la playa o la montaña. La gente era de Lagartijo o de Frascuelo, de Joselito o de Belmonte. Hoy se puede ser de diestros tan diferentes como José Tomás y Morante sin el más mínimo reparo. Y no es que sea mala cosa eso, pero tampoco debería valer el ‘todo vale’.

Para más INRI el toreo está legislado por un reglamento que lo unifica, que lo hace predecible, que deja pocas rendijas a la posibilidad de sorprender. Curro Romero se retiró sin poder hacer su faena soñada, toda con el capote. ¡Qué impresionante hubiese sido! Recuerdo cuánto nos emocionamos con los quites de la Beneficencia en Madrid con Joselito y Ponce, o con el memorable tercio que protagonizaron Juli y César Jiménez en Valencia. Pero esos impactos se viven en cuentagotas, y hasta el mismo público tiene un chip que le hace cuestionarse si eso es oportuno porque merma al toro para la labor de muleta ¿Qué más da capa o muleta, si en tauromaquia la emoción es lo que cuenta? ¿Por qué una faena debe durar diez minutos? ¿Por qué hay dos rayas de picar si cada toro tiene su distancia?

Es cierto que las leyes son ineludibles, pero el arte no puede estar encorsetado ¿Se pueden poner reglas a la inspiración? A veces el reglamento es necesario sólo por comodidad, por falta de seguridad, de sensibilidad, por desconocimiento. Porque presidentes y espectadores profundizan poco en la materia. La gran oferta de ocio actual nos ha convertido en consumidores de todo y en expertos en muchas materias, y ya se sabe que quien mucho abarca poco aprieta.

Y por si fuera poco, proliferan reglamentos con diferentes matices según en la Comunidad autónoma donde se produzca el espectáculo. ¿Se imaginan que se jugase a fútbol con diferentes reglas dependiendo de que el partido se celebrase en Valencia, en Madrid o en Barcelona? ¡No!, el reglamento deportivo es mundial, y está legislado por las federaciones internacionales de cada deporte. Sin embargo, el reglamento taurino suele ser un afán de protagonismo de personajes extrataurinos. Se legisla sin tener en cuenta a los profesionales, los protagonistas.

Falta congruencia, coherencia, unidad, y, por otro lado, hasta didáctica del toreo. Las noticias taurinas brillan por su ausencia en televisión, y cualquier atisbo de pedagogía en materia taurómaca nunca existió y perece que nunca existirá. Así es difícil crear nuevas aficiones, acercar el toreo al gran público, y mucho menos hacer comprender que la sublimidad de un lance extraordinario no tiene menor mérito que el drama de una cogida; que tan necesario es el ¡uy! en el toreo como imperante que no se pierda la importancia del ¡olé!


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