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Vicente Barrera, un torero para la historia, nueva opinión de Paco Delgado
Por Paco Delgado 17/12/2008 |
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Vicente Barrera, nombre clave en la llamada Edad de Plata del toreo, ha sido el torero más importante y destacado que ha dado Valencia hasta la aparición de Enrique Ponce.
De siempre, ha habido personas a las que la suerte ha sonreido sin condiciones y les ha dado amparo y cobertura en todo momento, y, a otras, en cambio, por mucho que se esfuerzen, por mucho que trabajen o por grande que sea su mérito, si la diosa Fortuna les da la espalda, no tienen absolutamente nada que hacer.
Lola Flores lo dijo de manera mucho más rotunda y descarada aunque con un puntito de escatología: Hay personas que mean en lata y no suena.
Y uno de estos casos bien podría ser Vicente Barrera, un torero bastante olvidado y al que no se le ha dado la importancia que realmente tiene.
A caballo entre dos épocas, compitiendo con toreros de la talla de Juan Belmonte, Marcial Lalanda, Chicuelo, Domingo Ortega o Manolete, Vicente Barrera fue un diestro dominador y poderoso, profundo conocedor del toro y sus reacciones y, por encima de todo, un torero valiente a carta cabal, capaz de dominar el miedo que a toda persona con sentido común atenaza antes de enfrentarse a un toro.
Es el suyo uno de los nombres imprescindibles a la hora de contar la tauromaquia y, desde luego, el matador más importante que ha dado Valencia hasta la aparición de Enrique Ponce. Hasta ahora siempre que se hablaba de la primera gran figura valenciana se hacía en referencia a Manuel Granero, aunque, sin entrar en comparaciones, este tan sólo pudo demostrar su valía a lo largo de una temporada y media como matador antes de que, desgraciadamente, lo matase un toro en Madrid.
Barrera, que debutó en 1924, y se mantuvo en activo hasta 1945 con sólo un año de inactividad, cumplió una carrera desde luego mucho más extensa y tan brillante y triunfal como cualquiera de los dos o tres espadas que en cada momento de su trayectoria ocuparon la cabecera de la clasificación taurina, por lo que no debe haber duda al considerar a Vicente Barrera como ese primer gran nombre de la torería valenciana.
Fue, indudablemente, un diestro de una gran capacidad y no poca calidad, depurando, con el paso de los años, un estilo que llegó a ser personal, propio y fácilmente identificable, no siendo casualidad que a lo largo de su larga ejecutoria -desarrollada, además, en un momento en el que la fiesta de los toros vive tiempos complicados y difíciles, coincidiendo, por si fuera poco, con grandísimas figuras y teniendo que lidiar por medio con una guerra civil- siempre estuviese en los primeros puestos del escalafón, tanto en número de corridas como en trofeos obtenidos, toreando en las más importantes plazas, tomando parte en las principales ferias y, siempre, con el favor y beneplácito del público.
Tuvo, por otro lado, un soporte fundamental: una enorme voluntad y una determinación inquebrantable, que le llevaron, siendo apenas un niño, a tomar la decisión, en contra de su familia, de ser torero por encima de cualquier cosa. Lo que le ocasionó no pocos disgustos y le condujo a escaparse de casa para ir allá donde pudiese dar rienda suelta a su afición y aprender los rudimentos de lo que pretendía que fuese su profesión.
Al margen de su inmenso amor propio, fue un torero de valor, un valor que nacía, precisamente, de aquel orgullo y dignidad profesional y que se sustentaba tanto en un sólido conocimiento del toro como en una ágil y despierta inteligencia, siendo muy pocas las cornadas que recibió a lo largo de su trayectoria en los ruedos y en unos años en los que la dureza del toreo era extraordinaria y muy frecuentes los percances graves y hasta fatales.
Un valor que arranacaba del dominio que hacía de su propio miedo, siendo famosos los malos ratos que pasaba antes de hacer el paseíllo y su posterior transformación en diestro arrojado y valerosísimo, sin teatro ni excusas.
Su toreo tuvo, por encima de otras consideraciones, y al margen de su vergüenza torera, personalidad y sello propios.
Toreaba de capa con facilidad y soltura, haciendo gala y exhibición de un amplio repertorio, dejando para la historia una suerte de su invención, la valenciana, una especia de manoletina ejecutada con el capote,
y con la muleta siempre se mostró como un diestro poderoso y largo, sobrado de recursos y muy seguro gracias a una técnica perfectamente asimilada.
Se le censuró el mover mucho los pies, lo cuál -y sobre todo en sus primeros tiempos en la profesión- hacía entre pase y pase, lo que le valió agrias críticas, sobre todo por parte de quien entonces estaba considerado como el gran santón del periodismo taurino, Gregorio Corrochano, que le llegó a motejar como “El torero gorrión”.
Pero no es menos cierto que en la ejecución de las suertes las plantas permanecían inmóviles y clavadas a la arena y que, con el paso del tiempo, y conforme fue asentando su toreo, aquellas críticas se fueron suavizando y el tono elogioso fue la tónica de las crónicas de los responsables de la información taurina de aquellos años, incluidas, naturalmente, las de Corrochano, que, por ejemplo, tras la corrida celebrada en Madrid, el día 20 de mayo de 1932, en un festejo en el que Félix Rodríguez dio la alternativa a Chiquito de la Audiencia, dejó escrito en ABC lo siguiente:
“Barrera tuvo una gran tarde. Le aplaudieron constantemente. Pocas veces se aplaude tan seguido durante toda la actuación de un torero, desde que se abre de capa en el primer toro hasta que le cogen en hombros.
Cuando sale el torero con la muleta cambia el tono de la fiesta. Entonces es cuando se ve si es verdaderamente torero. Barrera sacó partido del agitado bicho, porque es muletero y no hay equívoco”.
Aunque fue César Jalón “Clarito” quien con más frecuencia le elogiaba, teniéndole como uno de los diestros más destacados de su época:
“¿Qué tiene esa muleta que, nacida en Valencia, cecea tan a lo sevillano? ¿Qué hay de mágico en esa muleta de Barrera que, dura con el fuerte y suave con el débil -como los hombres de corazón-, tan pronto se apodera de los toros?” escribió el que fuera cronista taurino de El Liberal y que llegó a ser Ministro de Comunicaciones durante la II República.
No solía fallar nuestro Barrera en la última suerte, pero sería con el estoque de cruceta, que manejaba a la perfección y usaba muchas veces sin más necesidad que la de agradar a un público que le pedía su utilización, con el que adquirió también notoriedad y fama, llegando a firmar en el semanario El Ruedo un amplio articulo en el que describía con minuciosiodad, detalle y rigor la técnica y secretos del verduguillo.
Carlos Abella, en su obra “La historia del toreo”, califica a Vicente Barrera como “el rey del descabello’, poniendo especial énfasis en lo que sobre este particular había apuntado Néstor Luján y, sobre todo, Clarito.
Pero también anota que Barrera agigantaba su figura de lidiador, especialmente ante los toros de talla, y que su capote toreaba y al son de los privilegiados, asentando faenas y consiguiendo un conjunto artístico y emocionante.
Hay que concluir, por tanto, que, por trayectoria, capacidad y trascendencia Vicente Barrera fue, sin duda, un torero para la historia.
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