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Recuerdo a Esteban Chapresto, nuevo artículo de Díaz-Manresa
Por Ricardo Díaz-Manresa 26/10/2008 |
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Un gran fotógrafo desaparecido, el amo del Norte desde su Logroño natal, al que se recuerda estos días, en el aniversario de su muerte. Disfrutó e hizo disfrutar a los aficionados siempre con su gorra de camuflaje guerrillero y su cámara.
Recuerdo a Esteban Chapresto
por Ricardo Díaz-Manresa
26- octubre-2008
Uno de estos días, cuando la temporada se muere, concretamente un 17 de octubre, nos dejó un gran fotógrafo de toros, logroñés de pro, al que recordarán : Esteban Chapresto. Hacía unas tiras preciosas de cada torero que, cuando niños, disfrutábamos y nos invitaba a soñar con las figuras que entonces repartían el bacalao, unas tiras completas de capote, muleta y espada que nos enseñaban el toreo de cada uno, que entonces sólo podíamos ver o en el NO-DO, de uvas a peras, o en las revistas –en El Ruedo, sobre todo, semanario gráfico de los toros- y cuando se acercaban las figuras a nuestra ciudad o a las cercanas (si querían llevarnos nuestros padres, entonces muy ocupados porque los tiempos eran duros).
Las tiras de Chapresto y el semanario El Ruedo eran nuestros grandes acompañantes taurinos. Y dos o tres amigos que nos gustaba el toreo jugábamos a algo ahora imposible : reconocer al mayor número de toreros tapándoles la cabeza porque entonces casi todos eran diferentes. Ahora digo imposible porque son bastante iguales.
Era un juego apasionante para ver quién ganaba y quién sabía más de toreros. Y ahí también estaban las fotos de Chapresto, sueltas, para hacernos pasar unos ratos inolvidables y sentir el orgullo de ganar porque sabíamos de toreros. Una delicia.
Pasó el tiempo y el ídolo de mi juventud –que seguía haciendo sus famosas tiras- se convirtió en compañero de trabajo e hicimos juntos, precisamente para El Ruedo, varias ferias, sobre todo en Pamplona, en la que tras la corrida corríamos como gamos. Yo para escribir la crónica en una olivetti portátil y él para revelar el carrete en su habitación de La Perla.
Que no llegamos, Esteban, que no llegamos. Y es que cada noche teníamos que estar a la hora que pasaba el último tren por Pamplona para entregar al maquinista un sobre con la crónica y las fotos. Era el único medio de envío. Este sobre, que a la mañana siguiente, y a la llegada del tren a
Madrid, recogía un empleado del afamado semanario taurino. De mano en mano para que no se perdiera. ¡Cómo han cambiado los tiempos en no hace tantos años!
Os podéis figurar lo bien que lo pasaba con el que había alegrado tanto mi niñez y mi juventud. Porque además era un tipo gracioso, muy suyo pero singular, soltero con personalidad hasta que se casó ya con sus añitos maduritos.
Por eso ahora, cuando llega el otoño y uno se pone a recordar la fecha en la que nos dejó tiene que destacar en primer plano a aquel gran fotógrafo taurino, de lo mejorcito de entonces y durante muchos años, que nos reforzó nuestra afición a los toros, afición que –afortunadamente- nos ha seguido acompañando siempre.
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