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Valencia y su deprimente Certamen. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 15/10/2008 |
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Un año más vuelve ser un fiasco el concurso de novilleros organizado en Valencia, donde ‘ganaderamente’ se ha perdido el norte. Mal acaba lo que mal comienza.
Grandes y chicos, gordos y flacos, altones y pequeños, rematados y vareados, cornalones y cornicortos, astifinos y romos; Valencia se ha convertido en un amplio catálogo en el que se pueden encontrar toros de los tipos más diversos. Cualquier fábrica tiene su manera de hacer las cosas, cualquier creador marca su tendencia, cualquier redacción posee sus normas de estilo.
Sin embargo, la plaza de toros de Valencia ha perdido su carácter, sus maneras, su estilo, si es que alguna vez lo tuvo, y lo mismo aparece por chiqueros un toro como un vagón que un impresentable animal con menos trapío que un caracol. Lo mismo un día los chavales de la Escuela, los que comienzan su aprendizaje, se encuentran con erales que semejan cangrejos que con serios ejemplares que asustan al profesor con más oficio. Lo mismo una novillada aparece extremadamente gacha de pitones que asoma con las puntas desafiantes por delante.
La pasada semana se celebró la final del concurso de novilleros “Camino a Matador de Toros”, que vista encerrona que les aguardaba más debiera llamarse “Caminito a Buscar Otro Oficio”. Para la ocasión se escogieron seis astados fuertes, que promediaron quinientos kilos, correosos y difíciles, y por si fuera poco, los más ofensivos por cornidelanteros y astifinos que yo recuerde esta temporada. ¿Era esa la oportunidad reservada para tres chavales sin apenas rodaje?
Un solo festejo toreado llevaba Pascual Javier; dos Juan Francisco Prados, y siete, el que más, Pedro Marín, quien a la postre se llevó una cornada mortal, que si sigue entre los vivos fue merced al gran equipo médico con el que cuenta Valencia.
Estaba yo en el tendido junto a mi buen amigo Salva Ferrer, nosotros y un ínfimo número de espectadores, y nos acordábamos de San Sebastián, del encuentro de novilleros que organizaba la plaza de Illumbe y que tanto interés levantó. Ejemplares de Fuente Ymbro, Santiago Domecq, Mari Carmen Camacho, Martelilla, Cebada Gago, Capea, Guadaira, Garcigrande... y frente a ellos una nómina de chavales que suscitaron gran expectación en el momento: Miguel Ángel Perera, Salvador Vega, Leandro Marcos, Matías Tejela, Abraham Barragán, Javier Valverde, Fernández Pineda, Sergio Aguilar, Serafín Marín, Eduardo Gallo, Ismael López, Serranito, Javier Solís, Iván García, César Jiménez...
Con el tiempo algunos han llegado a ser muy buenos toreros, otros se perdieron por el camino, pero, aún así, sus nombres siguen recordándonos una época de gran interés novilleril, de mucha ilusión. La fase final de aquel concurso se retransmitía por televisión, y hubo un año en que empataron los finalistas y se declaró triunfadores a los tres.
Nada que ver con Valencia, donde se organiza un concurso con nombres prácticamente desconocidos, sin apenas bagaje y sin el mínimo atractivo. Un concurso disperso en el tiempo. Un concurso en el que no existe una coherente elección del ganado a lidiar, y que no miren los presidentes hacia otro lado, que no es sólo responsabilidad de la empresa. Es más difícil que este certamen funcione que me toque la quiniela, que no la echo nunca.
Este año aquí también han empatado los finalistas, pero no a virtudes sino a carencias. Demasiado hicieron los chavales. Si ya lo dijo El Gallo: lo que no pué ser no pué ser, y además es imposible. Y a Dios gracias que no estamos lamentando una desgracia supina.
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