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Bravo torero para recordar, nuevo artículo de Díaz-Manresa
Por Ricardo Díaz-Manresa 02/10/2008 |
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La despedida de Pepín Liria el 12 de octubre en su Murcia del alma significa el adiós de un bravo torero, que se ha jugado la vida muchas veces, que ha estado en todas las ferias y al que se recordará con admiración y cariño.
Bravo torero para recordar
por Ricardo Díaz-Manresa
02-octubre-08
Se va Pepín, un bravo torero para recordar, más bravo que muchos toros con los que se ha enfrentado. De la Región de Murcia, de la que no salen muchos, enamorado de Cehegín, su pueblo, con mucho amor por Murcia capital y con cariño por Cartagena. Tiene y tuvo grande el corazón para querer a los suyos, sin importarle historias, malos rollos y peores tradiciones. En Cartagena, la no murciana pero sí geográficamente murciana y gracias a Dios más cerca de la capital que nunca porque el enfrentamiento es negativo, ha dado muestras de colaboración y tiene allí muy buen cartel, lo que le da carnet de persona querida, incluso ha salido de portapasos llevando un Domingo de Resurrección por la mañana a la Virgen del Amor Hermoso cuando estaba anunciado por la tarde en la murciana Condomina. Un detalle.
Se va por la puerta grande e inteligentemente porque ya no estaba para hacer lo que hacía –el cuerpo y el espíritu tienen un límite- y lo intentaba pero con mucho trabajo. Estar en esa franja heroica es dificilísimo y mantenerse año tras año en las grandes ferias en los carteles duros, mucho más difícil. Hay una cosa peor, el no estar, pero ya se encargó Pepín de hacer méritos para seguir ahí. Pero estar significa jugársela continuamente como en su despedida de Sevilla, de la que salió vivo de milagro. En su 2008 le han dicho adiós muy emotivamente en muchas plazas con públicos y aficiones muy diferentes. Otro galardón para su vida y su biografía.
Se va y deja un hueco que no sé si alguien lo va a ocupar –una cosa es ocupar y otro llenar porque la Naturaleza llena todos los vacíos- y tampoco sé cuánto tiempo tardará la Región de Murcia en descubrir otro que se le parezca, aunque alguno hay ya por ahí pensando en ser otro héroe.
Hacen falta toreros para las corridas de infarto, para los doloresaguirres, miuras, victorinos, adolfos, cebadasgagos, cuadris y demás toros imponentes o alimañas que nada más verlos te dan miedo. Y Pepín Liria fue uno de ellos y allí, en esos ruedos de infierno, se labró su fama de torero épico, querido y respetado por toreros y públicos y menos por los empresarios que le obligaban a hacer hazañas cada año en Sevilla en abril y Madrid por mayo, o en ambos sitios, para darle cuartel. Es decir, ha llevado una vida muy dura, no sólo en los ruedos sino en los despachos.
Como hombre fiel, tuvo pocos apoderados, muchos amigos, legión de admiradores y ahí queda –nadie la podrá borrar- su carrera de auténtico matador de toros, que tantos corazones encogió en muchísimas plazas y al que se recordará con cariño y admiración. Brindemos por un torero bravo.
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