Gracias, padre, nueva opinión de Paco Delgado
Por Paco Delgado 18/11/2006
 
De todo cuanto mi padre me enseñó, no es lo que menos le tengo que agradecer el inculcarme el amor por la fiesta de los toros.
Pese a que a mi padre le debo todo, cuanto soy y lo que soy, una de las cosas -de las muchísimas cosas- que más le tengo que agradecer es el inculcarme la afición por los toros, espectáculo al que me aficionó desde bien pequeño, procurándome revistas, libros - el Cossío era como la Biblia en mi casa- y, desde luego, llevándome a la plaza siempre que había función cerca de casa.

Uno de mis primeros recuerdos, todavía en blanco y negro, es la alternativa de El Viti, en un festejo que vimos, él y yo -que entonces tendría tres años-, mano a mano, en el televisor de una cafetería de Albacete. De aquella tarde -en la que, con paciencia y, también, orgullo, iba desvelándome las claves de un rito que me tenía clavado al asiento y que me fascinó y enganchó para siempre- debió quedarme mi posterior simpatía por el torero de Vitigudino y el gusto por su toreo, pese a que era la antítesis de mi gran pasión infantil, Manuel Benítez ?El Cordobés?, de quien mi padre decía, con evidente respeto -le llamaba Benítez, obviando el apodo-, que no era ningún ?chalao? y que sabía muy bien lo que se llevaba entre manos.

También sentía especial atracción por Curro Romero y hablaba maravillas de Paco Camino, del que lamentaba que no tuviese más ambición, comentando que una de las corridas más importantes que había visto en su vida fue el festejo de Beneficencia en el que, en 1970, el diestro de Camas mató en solitario siete toros y, explicaba, llevó a cabo siete faenas distintas, todas magníficas.
Instalado ya en Valencia tuvo predilección por El Soro, y, desde luego, admiración por Enrique Ponce, al que consideraba el torero más completo de la historia.

Es ahora, cuando la enfermedad se lo ha llevado, cuando más le echo de menos. Es ahora, como siempre tarde, cuando veo claro que tendría que haber hecho más más caso de sus indicaciones y consejos. Es ahora, cuando el remedio es ya imposible, cuando me doy cuenta de que era él quien sabía de toros. Es ahora, cuando él ya no lo puede apreciar, cuando no se lo puedo decir, el momento en que siento cuánto le quería.


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