Las heridas de los navalones, nuevo artículo de Díaz-Manresa
Por Ricardo Díaz-Manresa 28/08/2008
 
Tras dos años de la muerte de Alfonso Navalón, ¿qué se ha solucionado en el toreo? Los navalones inventaron el toro grande, que aumentó el aburrimiento, y lucharon contra el afeitado que sigue campamdo a troche y moche. Sin los navalones tampoco ha mejorado el toreo. Ahora queremos y no tenemos el toro con trapío y mucha movilidad.
Las heridas de los Navalones
por Ricardo Díaz-Manresa
28- agosto- 2008

Me gustaría hacer balance al 27 de agosto, dos años después de la desaparición de Alfonso, de las heridas que se han cerrado y de las siguen abiertas. Y si Navalón ha tenido sucesores y para qué han servido.

Las heridas de Navalón fueron escribir con una dureza, incluso rayando en la crueldad más de una vez, algo que en medio siglo no se ha visto en el periodismo español, ni en los tiempos más irritantes de José María García ni en las mañanas más desgarradas de Federico Jiménez Losantos, su antecesor y sucesor en atizar leña de la buena y de la mala. Nunca ha habido ni puede que lo vaya a haber tipo más inmisericorde, por lo que terminó mal, alguien que podía haber sido un Corrochano y que acabó en un camorrista, aunque siempre escribiendo mejor que bien y tocando el tema –real o morboso- que interesaba al público. Pero su egolatría se lo llevó por delante. Los de la Cofradía del yo-yo-yo y siempre yo suelen –lo repito- terminar mal.

Navalón ha sido ya suficientemente –o no- analizado, junto con Joaquín Vidal y Vicente Zabala, que formaban el trío de los duros, no me atrevo a llamarle de los navalones, juntos en la dureza, con diferentes estilos y dispersos objetivos, pero coincidieron en una época.. Navalón-Zabala fue la pareja que cambió el periodismo taurino –ahora vemos que pasajeramente- y el toro. Vidal, con su gracia costumbrista, arrimó más leña al fuego.

Yo no creo, ni lo podré creer nunca de un ser humano, que algunos de nuestros semejantes y prójimos estén bien muertos, como si con esta barbaridad escrita por ahí se fueran a arreglar todos los problemas. Y de hecho esto es lo que me planteo en esta columna : ¿qué se ha solucionado en los últimos años? Navalón sobre todo y también Zabala impusieron el toro grande –y ahí se equivocaron porque el grande es menos peligroso que el de la época anterior, más chico, con mucha más movilidad y más certero hiriendo- y no hemos avanzado sino en el aburrimiento. Curro Romero lo definió bien cuando le preguntaron por qué seguía toreando con más de 60 años. No dijo por afición ni ninguna de las paparruchas al uso, sino porque el toro se paraba pronto y, si no lo hacía, con dos puyazos buenos se paraba. Con el toro de antes –decía Curro- ni estaría toreando yo ni muchos de los jóvenes de ahora. O sea, regresamos o fuimos para atrás como los cangrejos, pero el drama sería dejar a los taurinos rebajar razonablemente el peso : nos tragaríamos la bacalá todos los días. O sea, no sé si sería mejor o peor menearlo.

En cuanto al fraude, sustancialmente el afeitado, nada de nada. Se fueron a la otra vida y se siguió afeitando, creo que más todavía que antes. ¿Qué consiguieron entonces? Que los leyeran mucho y armaran muchas polémicas. Ellos, por cierto no han tenido sucesor. Es una pena que no haya ninguno ahora que atraiga tanto la atención de los lectores como entonces. Igual que no hay ningún Buero en el teatro ni ningún Berlanga en el cine ni ninguno en otras muchas especialidades..

Este puede ser el balance de aquellas heridas abiertas, no curadas, de aquellas vidas dedicadas a la polémica. La del tamaño del toro consintió en cerrar una y abrir otra peor. Y la del afeitado está más abierta que nunca. Menos mal que, pese a las críticas justificadas que puede tener la Plaza de Las Ventas, ahí sí, constituyeron un muro que sigue. Sin él, el toreo continuaría, ya lo creo que sí, pero quizá convertido en una pantomima en todas las plazas.







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