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La cosa de los toros, nuevo artículo de Díaz-Manresa
Por Ricardo Díaz-Manresa 13/10/2006 |
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La cosa de los toros se ha salvado otra vez en Europa, con más seguridad y amplitud que lo hizo hace meses en Cataluña, lo que es una alegría para la afición, un descanso ?espero que no momentáneo- para el espectáculo y la defensa -era obligado- de los políticos por nuestra tradición y nuestra cultura.
La cosa de los toros se ha salvado otra vez en Europa, con más seguridad y amplitud que lo hizo hace meses en Cataluña, lo que es una alegría para la afición, un descanso ?espero que no momentáneo- para el espectáculo y la defensa -era obligado- de los políticos por nuestra tradición y nuestra cultura. Pero se demuestra, una vez más, que la cosa de los toros está mirada y remirada por los enemigos, que no cesan porque quieren cargársela. Es un objetivo que no olvidan y, por tanto, volverán a intentarlo.
La votación coincidió con la Fiesta Nacional de la Hispanidad y ese día se salvó la llamada fiesta nacional, término que no me gusta porque el espectáculo taurino nunca puede ser una fiesta, ni una diversión, sino un sentimiento, una emoción y una tradición. Ir de fiesta, a divertirse viendo a un semejante que puede morir ?o que al menos pasa miedo- y a un animal al que hieren físicamente da alas a los enemigos para repudiar a la afición, a la que en ese contexto se le puede llamar hasta sádica, si encima fuma, come, bebe o todo a la vez; es decir, disfruta.
Ver esa lucha ?cuando hay un verdadero torero y un verdadero toro, con toda su fuerza e integridad- es un sentimiento tan extraordinario que, por eso, un aficionado que lo es no puede dejar de serlo durante toda su vida. Ver el atractivo de la victoria del hombre sobre la bestia creando arte efímero y a la vez inextinguible merece guardarse en el corazón para siempre. Ver el oficio de un torero para eludir el peligro del toro y domarlo entra dentro de la categoría de lo excepcional. Por eso, escritores, pintores, escultores y demás artistas se apuntan a cantarlo en sus obras, que ahí quedan. Los aficionados sentimos hasta lo más profundo del alma ese algo inexplicable que sucede en el ruedo. Es como estar en un concierto, leer un libro, subir una montaña, admirar una escultura, ver un paisaje, visitar una exposición, mirar al mar y todas esas circunstancias semejantes. Por eso es un sentimiento. Por eso es una emoción. Por eso es cultura ver una obra artística y efímera, hecha con valor, que han realizado antes muchas generaciones. Por eso es tradición. Por eso y para eso tenemos un animal único en el mundo : el toro. Por eso es un espectáculo con una personalidad irrepetible. La cosa de los toros merece ser guardada para siempre.
Que expliquen esto -y se olviden de la diversión y de la fiesta- en Europa los que deben hacerlo y en España a muchísimos que no lo saben.
No me divierto : admiro, contemplo a héroes. No voy de fiesta: me emociono.
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