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... y Guillermo Descals se cortó la coleta. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 25/06/2008 |
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Decir adiós a aquello que alimenta tu espíritu, que te da la vida, es complicado. Es una decisión al alcance sólo de valientes. El pasado domingo un chaval cargado de ilusiones se cortó la coleta en Valencia. Ha sido hasta el momento la determinación más dura de su vida. Quizá era lo más oportuno, seguro que no fue fácil. Cuestión de vergüenza torera.
No estaba llamado a ocupar un puesto destacado entre los ases del toreo; ni siquiera perdido entre la mediocridad de un escalafón masificado. Él lo sabía; a la fuerza lo tenía que saber. Había demasiadas circunstancias en contra para que su vida diese un vuelco tan drástico; pero se negaba a asumirlo.
Era figura en lo suyo, en la obra. La paleta de yeso le daba de comer, aunque el toreo era lo que alimentaba su alma. Se sentía torero y lo era, y pudo más ese sentimiento falaz que la realidad tangible. El corazón se impuso a la razón, la quimera a la evidencia. Y desoyendo consejos y recomendaciones el chaval volvió a vestirse de luces.
Tenía poco que ganar y más que perder, pero los cálculos razonables no entraban en su filosofía. El cuerpo le pedía revancha, una nueva oportunidad para ratificar con orejas la excelente faena que no rubricó con el estoque el año anterior. Sin la mínima preparación necesaria todo quedaba en manos de la inspiración, de la suerte, casi del milagro.
Ser torero es difícil para los hijos de toreros, para los ricos, para quienes tienen ayuda, para los hambrientos, para los ambiciosos. Ser torero es difícil para todos, y casi imposible para quienes nadan a contracorriente en solitario. La oportunidad se presentó pero el milagro no acudió a la cita, y el bueno del albañil se quedó sólo ante el peligro, únicamente acompañado por inconsistentes sueños e ilusiones que se desvanecían a medida que transcurría la lidia.
La lógica acabó doblegando al espejismo. No hubo triunfo, no hubo revancha. El chaval no se impuso al toro pero sí a las circunstancias. Sacó la vergüenza torera que muchos parecen haber perdido y decidió poner punto y final a aquello que le daba la vida, a lo que alimentaba su espíritu e ilusionaba su existencia. Llamó a quien fue su ídolo de juventud, Vicente Ruiz “El Soro”, para que fuese él quien a los ojos de todo el público le cortase la coleta. No era una decisión fácil, al contrario; era la elección de un consecuente, de un hombre de verdad.
Se acabó la aventura. Lamentablemente se impuso la razón. Se sentía torero, lo era y lo seguirá siendo por siempre, con coleta o sin ella, y yo sacaré pecho de contar entre mis amigos con el valiente que un día tomó la determinación más dura de su vida: Guillermo Descals
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