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Luces y sombras; tres días de San Isidro. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 27/05/2008 |
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Entre luces y sombras, como la propia Fiesta de los toros, así han transcurrido los últimos días en Las Ventas. El Ruso, Frascuelo y Álvaro Montes han personalizado la ilusión y el dolor durante tres tardes consecutivas.
Es la fiesta de las luces y las sombras. De las luces de un chispeante vestido de lentejuelas; de las sombras del mismo vestido penetrado por las astas de un toro certero. La fiesta del sol y de la sombra. A veces inexplicable; sorprendente siempre. De las luces de la ilusión; de la sombra de la decepción.
De las luces de un torero con alternativa en 2005 que recién cambió el oro por la plata y quiere hacerlo saber en Madrid; de las sombras de una escalofriante cornada por la espalda que pretende segar de cuajo sus anhelos. Las luces de un monosabio que se lanza a la arena para recoger en sus brazos al herido sin cuidarse del peligro; de las sombras de una mirada perdida que busca a su portador con impotencia mientras se pregunta por qué. Es un espectáculo emocionante y también desgarrador. Grandeza y dureza a partes iguales, o no tan iguales.
Es la fiesta de las luces de un maestro veterano que vuelve a hacer el paseíllo en su Madrid del alma; y a la vez la fiesta de las sombras del maestro quizá demasiado veterano para enfundarse en alamares, quizá demasiado veterano para conseguir reverdecer laureles sin la preparación más oportuna, quizá demasiado veterano para tentar a la suerte en una plaza donde sale el toro más serio, por mucho que sea la plaza de su alma querida. Son las luces de un espigado joven con menos de un año de alternativa que acude a Las Ventas a lanzar su carrera contra toda lógica, sin importarle que tan trascendental cita sea su primera corrida del año. Son las sombras de un estoque que penetra defectuoso para romper la magia de una faena casi milagrosa, la del joven espigado que ya acariciaba la gloria.
Es la fiesta de las luces de un caballo torero que corre a dos pistas templando la embestida de un toro mientras no deja de mirarle a los ojos, y que intenta la pirueta imposible ante su misma cara. Es la fiesta de un rejoneador derribado que pierde parte de su oreja tras el encontronazo con el cornúpeta.
Claros y oscuros en todas las vertientes del toreo, también en la versión de los forcados lusos. Las luces de un grupo de amigos, muchos de ellos con estudios superiores e importantes cargos laborales, cuya afición reúne para intentar parar a cuerpo limpio la embestida bruta del animal. Las sombras de una pega defectuosa que acaba con el forcado noqueado sobre la arena a merced del astado. Las luces de los compañeros protegiendo el cuerpo inerte con los suyos propios, sin premeditación, sin hablarse, sin mirarse, todos al unísono abrazando al amigo en el suelo mientras son ellos quienes reciben una y otra vez los golpes del toro encelado. Lo vi en la página web de youtube, youtube.com. Tan fácil como introducir en el buscador de la página “compañerismo torero” y estar preparado para estremecerse. Yo sigo con la piel erizada.
Sí, es la fiesta de la dureza y hasta puede ser que a veces sea injusta. Pero necesariamente deben existir sombras para que brillen con más esplendor las luces del toreo, para que sea un espectáculo auténtico y único, para que, entre otras, resplandezca la luz del arte de uno de la Puebla del Río, del poder de uno de Chiva o del valor de uno de Galapagar, incluso la luz mágica de una faena de triunfo casi milagrosa, apenas cinco minutos de gloria que seguro valdrán para que un espigado joven extremeño sin bagaje mejore su posición, aunque no rubricase con el estoque como debiera.
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