| |
Las dos varas de medir, nueva opinión de Paco Delgado.
Por Paco Delgado 27/05/2008 |
| |
Pese a que la actuación de Enrique Ponce ha sido la más seria, contundente y eficaz de todo lo que va de feria, no ha sido apenas valorada. O al menos no como merece.
Es curioso, si te lo tomas con calma y no te enciendes, comprobar como la gente juzga según el cristal con que se mira. Y cómo se elige cuidadosamente el cristal que se empleará para según qué ocasión.
Y si hay toreros a los que todo se alaba y de los que todo vale, a otros se les niega el pan, la sal y hasta el agua que piden tras un no pequeño esfuerzo.
Sucede con los que califican desde tribunas periodísticas, con los que pueblan tendidos y con los que hablan de oídas.
Y si, ahora mismo, y no es por señalar, todo lo que hace algún matador que trata de reinventarse -para mal- u otro que anda intentando abrirse camino a base de bandazos y trompicones es la máxima expresión y quintaesencia de la tauromaquia, todo lo que firma otro veterano diestro -cuya carrera sigue creciendo, a pesar de llevar ya casi veinte años en lo más alto- es motivo de crítica y menosprecio.
Y así se comprobó el otro día en San Isidro, cantándose -y no se entienda como menosprecio- lo hecho por Morenito de Aranda y poniendo sordina a la obra de Enrique Ponce, que cuajó una actuación impecable ante un lote deslucido y muy complicado de Alcurrucén, dando una lección de ciencia lidiadora, valor, torería y amor propio, sin que se valorase con justicia lo realizado por un matador que no deja de sorprender y que, afortunadamente, parece ajeno a todas aquellas miserias.
Se jugó el tipo de verdad, pero sabiendo lo que hacía, sin permitir que el toro fuese quien llevase la iniciativa y obligando a su oponente a ir por donde el torero quería y no al revés, que es lo que parece que ahora mola, mandando él y no el toro.
Ante sus dos toros sacó toda la ortodoxia del toreo y la aplicó con arrojo de principiante, demostrando su condición de gran figura. No dejó de poner el engaño ante la cara de los astados, a la vez que provocaba las inciertas embestidas cruzándose al pitón contrario, aguantando achuchones al finalizar cada muletazo e insistiendo por ambos lados como si de un matador novel se tratara y su carrera dependiese de una tarde a cara o cruz.
Pero Las Ventas se llena en su mayoría de gente que apenas ve lo que mira y pocos apreciaron lo que fue una lección de tauromaquia. Otra más del ya voluminoso tratado de este auténtico doctor en la materia al que poco importan que algunos miopes, tontos o no, utilicen dos varas para medir lo que no admite sino admiración.
Comentarios
Sin comentarios
|
|
|
| |
|
|