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De tenis, toros y buenas formas. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 21/05/2008 |
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El toreo siempre cuidó con exquisitez las formas dentro y fuera de los ruedos. Ahora, muchos de los nuevos ídolos del deporte descuidan los buenos modos sin preocuparles la imagen que están trasmitiendo.
El pasado domingo Rafa Nadal logró romper la hegemonía de Roger Federer en Hamburgo y se impuso al suizo en la final del Masters Series alemán. Fue un partido vibrante, emocionante, de los que hacen afición. Yo, que no soy un gran adepto al deporte de la raqueta, no pude despegarme de la pantalla y no perdí ojo ni un solo minuto de lo que ocurría sobre la pista.
Por supuesto también vibraron los aficionados desplazados hasta allí, sobre todo muy efusivamente un grupo que ondeaba una bandera española con un gran toro de Osborne. Me alegré mucho al verla, y no acabé de entender por qué el locutor se apresuró en aclarar que aquello no eran los toros sino el tenis. Salió listo el periodista.
Pero lo importante es que el mallorquín ganó el partido. El joven de Manacor se ha convertido por méritos propios en el centro de atención de muchas miradas, sobre todo de gente joven que le tiene como ejemplo. Es bueno que gente sana e inteligente se convierta en referente por sus logros profesionales, y que poco a poco vayan desapareciendo del panorama de actualidad personajes cuyo único mérito es airear sus intimidades en la prensa amarilla.
En eso estaba pensando mientras se procedía a la protocolaria entrega de trofeos en Hamburgo. Habló primero el presidente de la Federación Internacional de Tenis, después una mandataria del gobierno alemán y por último el director del torneo. Entretanto, las cámaras alternaban imágenes de sus discursos con primeros planos del vencedor, que mostraba un semblante visiblemente aburrido, nada interesado en los breves parlamentos que estaban sucediéndose. Y mientras esperaba el turno de recoger el trofeo, Nadal repasaba los mensajes recibidos en el teléfono móvil con las piernas abiertas de par en par. La derecha en lo alto de un biombo y la izquierda talonada sobre la arena. ¿Tanto costaba aguantar cinco minutos en una posición más decorosa, leer los mensajes en el vestuario y simular un mínimo interés por los actos que precedían a la entrega del premio?
Rafa Nadal me emocionó en la pista, mientras jugaba, y después, con la partida acabada, hizo que echase de menos la liturgia que siempre envolvió al toreo, el respeto por las tradiciones, la aceptación de protocolos, el acato de normas preestablecidas, el empaque, la elegancia, lo refinado de sus formas y de su noble parafernalia, y no sólo dentro del ruedo sino fuera de él. Desde antaño los toreros se caracterizaron por su decoro y galanura atendiendo a los medios de comunicación o recogiendo trofeos. ¿Han visto alguna vez a Enrique Ponce sentado como si estuviese echado en el sofá de su casa mientras esperaba recoger un premio? ¿Se imaginan que José Tomás ponga los pies encima del sillón cuando vaya a recoger su medalla de las Bellas Artes?
Tenía razón el locutor cuando aclaró que aquello no eran los toros sino el tenis. Se trata de dos disciplinas incomparables y a la vez emocionantes. Y seguro que hay tenistas tan formales y solemnes como los mejores toreros. El buen estilo deberían cuidarlo quienes están en el punto de mira informativo y cargan con el peso de servir de ejemplo para la sociedad más joven. Llámenme tradicional, retro, carca, pasado de moda, rancio... pero sinceramente pienso que los buenos modos no están reñidos con la modernidad. Las buenas formas no debería perderse, y en eso el arcaico toreo sigue yendo un paso por delante, sigue siendo un referente.
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