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José Tomás, del valor a la insensatez. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 07/05/2008 |
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Mejor torero es quien mejor torea, no quien más menosprecia la vida sin sentido. José Tomás no sabía el alcance verdadero de la herida que llevaba en el cuello el pasado sábado en Jerez, pero se empeñó en perder un tiempo que podía haber sido crucial esperando para recoger personalmente la oreja concedida. ¿Y si todo hubiese acabado en fatalidad por unos pocos minutos?
Mejor torero será, entre otras muchas cosas, quien mejor toree. Cualquier torero puede morir en el ruedo a causa de una mala cogida, de una herida fatal, pero ninguno debería morir desangrado simplemente por el capricho-empeño de perder tiempo esperando para recoger personalmente la oreja concedida. Son dos formas de morir, una asumida como inevitable y la otra de “lelo” inconsciente.
Mejor torero es quien mejor torea, no quien mayor menosprecio muestra por la vida, y más aún sin sentido, sin haber toro de por medio. ¿De qué valdría haber muerto desangrado por aguantar unos minutos de más en el ruedo? Porque José Tomás no sabía el alcance verdadero de la herida que llevaba en el cuello, una de las zonas más fatales del cuerpo en materia de cornadas.
Luego muchos le cantan lo del valor descomunal, lo del agigantamiento del mito, lo de un paso más hacia la consagración histórica y no sé cuantas cosas más. Sí, todo eso está muy bien porque el torero está vivo, afortunadamente, pero ¿y si todo hubiese acabado en fatalidad por unos pocos minutos? ¿Tenía razón tanto riesgo vacuo? No, permanecer en la plaza simplemente para recoger personalmente una oreja no acredita a nadie como mejor torero, ni siquiera como más valiente, sí como más insensato, como más camicace, por mucho que haya quien le cante a José Tomás paridas como que es el quinto evangelista, una divinidad.
A diferencia de otros muchos, nunca defendí que el inexpresivo madrileño -que por cierto en ningún momento parece disfrutar con lo que hace- quisiera morir en la plaza, pero después de la barbaridad que protagonizó el pasado sábado en Jerez ya no estoy seguro de nada. Lo mismo está intentando suicidarse. ¿Cómo si no se explica que los suyos sean uno tras otro los triunfos de la sangre? ¿Cómo si no se explica que sus actuaciones se cuenten por cogidas? ¿Cómo si no se explica que sus pases se coreen con más uys que olés? ¿Es que está en posesión de la verdad absoluta y nadie sabe torear, o es que quien no sabe torear es él?
El toreo siempre fue por encima de todo mando, y con el toro dominado creación de belleza estética, lo que le infiere esa emoción única entre todas las artes. Torear en mandar, ya lo dijo Belmonte, a quien, por cierto, don Ramón María del Valle Inclán una vez le espetó: “Para ser perfecto sólo te queda morir en el ruedo”, a lo que el trianero contestó: “Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda”. Pero El Pasmo acabó suicidándose de un disparo en su cortijo de Gómez Cárdena, entre Sevilla y Jerez, el 8 de abril de 1962, a punto de cumplir 70 años; y era Belmonte, el torero que no podía morir, el que en su primera corrida en La Maestranza tiró muleta y estoque, hincó las rodillas y gritó al toro: «mátame».
Juan Belmonte, El Pasmo de Triana, quizá el matador más trascendental para la historia del toreo. Si él, el más grande, vivió atormentado toda la vida por no haberse dejado la vida en la plaza, ¿qué no estará pasando por la cabeza de José Tomás; de qué será capaz el hierático de Galapagar? Un servidor piensa que sería una estupidez por su parte intentar protagonizar a toda costa la crónica de una muerte anunciada.
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