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¿Y quién defiende al público?, nueva opinión de Paco Delgado
Por Paco Delgado 11/04/2008 |
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La suspensión de varios festejos en Sevilla por culpa de la lluvia ha provocado protestas y censuras, sobre todo por parte de toreros y sus entorno.
La lluvia, tan necesaria y beneficiosa para el campo, embalses... y políticos, está siendo la gran protagonista de la feria de abril de Sevilla, provocando la suspensión de varios festejos...y el enfado de los toreros que se han quedado sin actuar en este serial.
Nadie discute el derecho de estos profesionales que, sin comerlo ni beberlo, pierden un contrato y una posibilidad que les repercuta en su futuro. Muchos son los que se rasgan las vestiduras por lo que consideran un atropello y una arbitrariedad, cuando -recuerdan, tirando de memoria, erudición y hemeroteca- tantas y tantas grandes faenas se han llevado a cabo bajo impresionantes aguaceros.
Pero sí que llama la atención que nadie salga a defender los derechos de los espectadores, a quienes, sí, se les priva de presenciar un festejo, pero se les reintegra el importe de sus localidades ...y se les evita el remojón y la incomodidad de aguantar, sentados en una piedra -mojada, además- durante más de dos horas, molestándose unos a otros, sin disfrutar en absoluto del espectáculo y, en definitiva, pasando un mal rato. La suspensión, decretada en tiempo y hora, no deja ser la mejor solución.
Por que, no nos engañemos ni le demos más vueltas, la culpa de que un festejo se suspenda no hay que achacarla al presidente que, reitero, con buena lógica, decide que no se celebre la corrida ante las inclemencias climatológicas, el mal estado del piso de la plaza o las circunstancias que sean y que, a su juicio - y se le supone poseedor de un criterio atinado e independiente, por que para eso y por eso se le nombra- amenacen con el normal desarrollo de la función.
La culpa hay que buscarla en la infraestructura de un negocio que sigue anclado en el pasado, desfasado -salvo para la picaresca-, ajeno a las reales necesidades del mercado. La plaza de la Real Maestranza, monumento, edificio histórico artístico y todo, sigue estando exactamente igual que en el siglo XVIII.
Si estuviese cubierta, por mucho que lloviese, tronase o cayesen chuzos de punta, no habría lugar a suspensión alguna. A no ser, claro, que saliese algún presidente con redaños y se cargase alguna corrida por lo impresentable del ganado a lidiar.
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