José Tomás, como Benítez, como Ojeda. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 05/03/2008
 
El abanderado de la pureza, la seriedad y la verdad en el ruedo ha de ser coherente. Si exige más que nadie debe ofrecer más que nadie. Billete grande y toro pequeño fue el binomio que impuso José Tomás en Castellón, donde por diferentes razones me recordó a “El Cordobés” y a Paco Ojeda.
avance Dicen los empresarios que con su contratación no ganan dinero. Que los carteles en los que se anuncia no son rentables. Que las tardes que él torea, aunque se llene la plaza, la empresa sufre pérdidas. Y será verdad. Pero también debe ser cierto que su rentabilidad, si no es inmediata, sí que repercute en una mayor demanda de abonos generales, en una publicidad extra para las ferias. De otra manera no se entiende su contratación; sería inviable.

Evidentemente me refiero a José Tomás. Bendito personaje. Su presencia le está haciendo mucho bien a la Fiesta. Le está devolviendo misticismo y seriedad, eso me gusta, respeto y categoría, es fundamental. Socialmente es equiparable al fenómeno Benítez, al genuino Cordobés. Como el de Palma del Río, José Tomás está reclamando un incremento salarial a favor de quienes se juegan la vida. Como el del flequillo, está imprimiendo mando a los toreros, y esa circunstancia la deberían aprovechar sus compañeros. Sí, su presencia en los ruedos es incuestionablemente buena, tanto social como laboralmente. Por ello me recuerda a Manuel Benítez “El Cordobés”.

Me contaba el otro día un matador, valenciano para más señas, que una vez, invitado por Benítez a su finca, éste le mostró las cabezas de toros que colgaban disecadas de uno de los salones de la vivienda, retándole a que adivinase cuáles eran de novillos y cuáles de cuatreños. Mi amigo el matador valenciano falló todas y cada una de sus apuestas, pues los animales más ofensivos pertenecían a la época en la que El Cordobés todavía no tenía fuerza en los despachos, mientras que las cabezas más cómodas eran de los toros que mató siendo figura y mandón del toreo. Con esto, el “capo” de los setenta sólo quería inculcarle al entonces incipiente torerillo valenciano que si quería ser matador tenía que alcanzar el estatus de figura, para imponerse en las negociaciones a todos los niveles.

Me acordé de esta anécdota viendo el otro día a José Tomás en Castellón. El primer novillo de su lote -perdón, toro- se mire por donde se mire no alcanzaba el nivel de presentación mínimo exigible en una plaza de segunda, y así se lo hizo saber el respetable protestando desde que el animalito salió de chiqueros hasta mediada la faena de muleta. Y esa fue la tónica general en cuanto al trapío de la corrida se refiere.

José Tomás es figura irrefutable del toreo, pero no es coherente que el abanderado de la pureza, de la seriedad, del respeto y de la verdad en el ruedo, traicione a la afición, a su propia filosofía y a sí mismo. Dieciocho toros tuvieron que reconocerse para acabar aprobándose -bajo fuertes presiones- seis toretes indignos. Quien exige más que nadie en los despachos debe exigirse más que nadie en la plaza. Sí, viendo a José Tomás en Castellón me acordé de lo bueno y de lo malo de El Cordobés. Luego se puso a torear, y con la muleta en la mano a veces consigue hacer olvidar la presentación de sus antagonistas.

En la Plana estuvo bien, pero para un servidor no tanto como algunos cantaron. Decía mi padre que más vale caer en gracia que ser gracioso, y éste ha caído en gracia que no veas. Le aplauden cuando torea bien y cuando se destempla, cuando manda en las embestidas y cuando se queda vendido a merced de la suerte, cuando liga los pases o simplemente cuando camina buscando la mejor colocación. José Tomás se arrimó y se quedó muy quieto, es cierto, pero la faena por la que le dieron dos orejas no fue redonda, ni mucho menos. Ni siquiera es de las reseñables que ha protagonizado. Pecó de deslavazada y un tanto destemplada, pero vibró el respetable porque creó emoción, y está claro que ese es el ingrediente fundamental para que la fiesta siga viva.

Viéndole me acordé también de Paco Ojeda, a quien quizá no se le ha reconocido toda la importancia del estilo que aportó. Ojeda revolucionó los terrenos apropiándose de todos. No respetó el sitio del toro sino que impuso al animal su voluntad, le obligó a seguir su muleta en espirales impensables ciñéndose las embestidas mientras él permanecía inmóvil. Se trata de la misma base que utiliza José Tomás. Y pienso que el toreo de éste ha calado más hondo que el de Ojeda porque al sanluqueño se le apreciaba más seguro, más dominador de la situación, mientras que al de Galapagar se le intuye más expuesto, más incierto, y la intriga que ello conlleva provoca mayor conmoción si cabe.

José Tomás es ya un torero histórico, no me cabe la menor duda. Lo ha demostrado sobradamente en otra época frente a toros serios y en faenas memorables. Quien las niegue no es buen aficionado. Pero sería una lástima que no siguiese rayando a la altura de las cotas que es capaz de alcanzar. Para ello es fundamental que esta temporada, la de su regreso al gran circuito, mande en las embestidas, que cada pase no se convierta en una quiniela sobre si resulta cogido o no, que se vea las caras con los jabatos del escalafón, con Ponce, El Juli, Perera, Castella... Y que se deje de cartelitos cómodos con toretes a modo. Su drástica filosofía anti-televisiva y anti-declaraciones es historia para un análisis en otro momento. Gracioso no es ni tiene por que serlo, pero ha caído en gracia. Ahora sólo debe ser coherente con sus exigencias.


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