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Hora del merecido descanso del César guerrero. Opinión de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 27/02/2008 |
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El pasado fin de semana se retiró de los ruedos el que, para un servidor, ha sido uno de los maestros más grandes de los últimos tiempos, uno de los que más me ha hecho vibrar en la plaza. ¡Qué suerte haber disfrutado de César Rincón!
Protagonizó varios de los acontecimientos más importantes de las últimas temporadas. Supuso un hito, 14 años después de su primera salida a hombros de Madrid y 22 años después de su alternativa, abrir por sexta vez en su carrera la puerta grande de Las Ventas. Y a punto estuvo de caer la séptima, la que hubiese supuesto la segunda consecutiva en 8 días; fue en 2005. Ya consiguió cuatro sucesivas en 1991, con 25 años de edad.
Aquellos fueron tiempos memorables, pero no voy a referirme a ellos sino a su última época, con 40 tacos y viviendo un momento cumbre en su carrera, por asentamiento, solera, clarividencia, facilidad, torería… también por ambición, una ambición revestida con la seguridad que dan tantos años de alternativa siendo figura máxima del toreo. En los tiempos que corren no es tarea fácil esa de salir en volandas de la plaza más importante del mundo. Con el público más agraz desde la inauguración de la plaza, y con el toro más grande, más sacado de tipo y más inmóvil de la historia, cada puerta grande se convierte casi en un milagro.
Pero César Rincón tenía el secreto de la llave de tan anhelada puerta; en realidad lo tienen todos los toreros. No se trata de ser el más exquisito de los matadores, ni el más arrojado tampoco. Es tan fácil y tan difícil como hacer las cosas con verdad, citando con pureza, templando y mandando en las embestidas y, muy importante, respetando al toro. El colombiano lo hacía así. Verdad desgarrada en su toreo, valor sereno, sin aspavientos de cara a la galería, y entrega sincera y total. Raza de torero hambriento, pese a que ya todo lo había conseguido y resuelto, tanto en la vida como en el plano artístico.
¿Por qué se juega un torero la vida? Decía Julio Robles que por todo y por nada; por riquezas y también gratuitamente, por ayudar a los más necesitados. Pese a que en este material y superfluo siglo XXI haya quien no lo entienda, un torero se juega la vida por gloria. César Rincón así lo demostró hasta el final, y muchas de sus actuaciones eran sinónimo de vibración, de estremecimiento, de excitación…
A nadie de los que estuvimos presentes en la plaza de toros de Valencia el 20 de julio de 2005 se nos podrá olvidar la actuación de este colombiano menudo de estatura y grande de corazón. Fue una tarde histórica, un festejo inolvidable por la emoción vivida. Los más nuevos en plaza y los más veteranos, todos, nos excitamos franca y espontáneamente, y que la piel siga erizándose es síntoma inequívoco de que en el ruedo sigue viva la verdad del toreo.
Lo de César Rincón volvió a ser épico. ¡Qué valor! Todo un ejemplo. Su actuación fue pura entrega al toreo más sincero y desgarrado. La faena estaba en todo lo alto cuando, tras rematar una serie, salió de la cara del toro andando parsimonioso. Entonces se arrancó el toro volteándole por la espalda de muy mala manera. Visiblemente mermado de facultades, Rincón cogió de nuevo la muleta para citar desde la larga distancia por dos veces. El César auténtico seguía rugiendo. Fueron dos tandas, las más repletas de mando, templadas y largas, con la muleta arrastrada por el albero. La plaza estaba tan entregada como el torero. Citó el colombiano para matar recibiendo, y pinchó. Se estremecía la afición en comunión. Volvió a citar el torero de la misma guisa, no tenía fuerzas para ejecutar el volapié, y esta vez sí, la espada entró hasta la empuñadura. La cuadrilla se encargó de pasear las dos orejas mientras rincón se dirigía a la enfermería. No, quienes lo vivimos no lo olvidaremos, ni esa ni otras muchas páginas históricas que llevan su firma.
El pasado fin de semana se retiró. Ha dejado los ruedos uno de los más grandes. Es hora del merecido descanso del guerrero. Sorteó muchas vicisitudes profesionales y, quizá lo peor, también en su vida, pero ni unas ni otras pudieron con él. ¡Qué suerte haberle disfrutado!
El toreo es emoción. Gloria a César Rincón.
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