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Julio César, César o Emperador, nuevo artículo de Díaz-Manresa
Por Ricardo Díaz-Manresa 25/02/2008 |
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Los numerosos actos de despedida de César Rincón, más en sus Américas que en España, parece que reflejan un adiós sin vuelta de un torero cuya dimensión es valorada de una manera independiente por Díaz-Manresa.
Julio César, César o Emperador
Ricardo Díaz-Manresa
25-febrero-2008
Me figuro lo que sentirá Rincón tras tanta despedida. Yo estoy mareado ante tantas vueltas al ruedo, tantos adioses, tantas lloreras, tanta parafernalia, tanto cariño, tanto reconocimiento, tanto de tanto en sus Américas. Supongo que él estará tarumba. Y por supuesto feliz. Le deseo una vida magnífica. Y mi enhorabuena por la suerte que ha tenido en los ruedos y fuera de ellos con los de la pluma y la voz.
Ante la retirada de Rincón –el Julio César (gran emperador) que se quedó en César (nombre y título que recuerda autoridad y poder), lo que no está mal- tengo una duda : si volverá como hacen todos, menos Diego Puerta, ya que las despedidas de los toreros son tan creíbles como las palabras de los políticos, y una certeza : lo han puesto demasiado alto, incluso críticos que se dedican a dar mordiscos o pataditas sin ton ni son se le han entregado. Estaría simpático con ellos. Pero aquí no hay discusión : al que le toca la lotería, el premio es para él.
Es verdad que ha tenido una vida difícil : los primeros años de ostracismo, después la enfermedad, alguna que otra desgracia familiar y cornadas que paran y dejan huella, pero en la balanza de la vida debe dar gracias a Dios por haberse encontrado con el apoderado talismán, Luis Álvarez, ese que todo lo que toca lo convierte en oro y lo que deja vuelve a ser chatarra, y un momento de la afición de Madrid que sobredimensionó todo lo que hacía. Época de suerte sublime. Entonces era arriesgado y emocionante, pero sin arte alguno, más bien basto. Cuando no se la jugaba, se diluía por falta de atractivos globales.
Ha tenido mucho mérito –revolucionar Colombia taurinamente- y mantener el tipo en España. Tras su enfermedad y su última reaparición, no fue el mismo, aunque hizo algún que otro esfuerzo cantado hasta en la Ópera de París, pero la realidad es tozuda y sus temporadas fueron mediocres. Los que tanto critican que el toro está fuera de tipo, no quisieron darse cuenta de que Rincón también lo estaba, con kilos de más en su figura menuda, lo que rozaba la antiestética. La fuerza física no era la de otros tiempos y tampoco sus poderes sobre la arena.
No sé si volverá –todos lo hacen cuando olisquean un duro, menos Diego Puerta- pero no se podrá quejar de tantas despedidas. La única ineludible –la que lo puso en la cumbre- se la saltó, la de Las Ventas, por su inseguridad y su falta de facultades en los últimos tiempos, y se fue a una Barcelona amable con el veterano. Su época dorada estuvo marcada por una virtud –ésta sí, indiscutible- como era hacer lo que antes hacían : recibir con la muleta al toro galopando, lo que conlleva siempre, pureza, emoción y riesgo.
Este no es un artículo para discutir a Rincón, sino para que modestamente conste para las nuevas generaciones que alguien dijo que no fue para tanto. Se encontrarán libros y escritos poniéndolo en las nubes, pero tengo para mí y para muchos que fue lo que fue, y todos me entienden, no más. Julio César, César, Emperador, según criterios. O un torero con suerte. O con voluntad. O con mucha fuerza.
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