Una medalla para Patón, artículo de Vicente Sobrino
Por Vicente Sobrino 25/02/2008
 
Desde hace quince años Enrique Patón organiza la temporada en la plaza de Castellón. Y cada año se supera en imaginación y calidad en sus combinaciones.
Llevar como empresario de una plaza 15 años no es frecuente. Cinco lustros. Casi una vida. A veces, un matrimonio dura menos. Bastante menos. En ocasiones, dura lo que dura dura. Ya me entienden. Lo de Patón, Enrique, con Castellón es pura simbiosis. Se dan placer mutuo. No está mal. Diríase que es la felicidad plena. Y en los tiempos que corren, una pareja así son especies en extinción.

Patón le ha cogido el aire a Castellón, el aire taurino digo. Partiendo de que nadie es perfecto, ni siquiera ese que usted y yo sabemos, la gestión de este catalán que sí apuesta por la tauromaquia es admirable. Con sus altos y sus bajos, porque tampoco él escapa a alguna debilidad, ha sabido darle a esta plaza y a su afición lo que esta plaza merece y esta afición requiere. Los habrá, ¡faltaría más!, que opinarán lo contrario, pero como todo es materia opinable pues ahí andamos.

Echen la vista atrás, desde que se hizo cargo de esta plaza, y no ha habido Feria de la Magdalena que caiga en la monotonía. Un equilibrio buscado y encontrado entre ganaderías de distinta condición y toreros para todos los gustos. Incluso para aquellos que no tienen gusto. Y el gusto es mío, de nadie más. Una apuesta por los toreros jóvenes, aunque luego estos en muchos casos no hayan dado la talla. Problema de ellos, desde luego.

Patón, forjado y, creo, que formado dentro de aquél tripartito Casas-Patón-Espinosa, partía siempre como el malo de la película. Miren por donde, aquella terna mereció el título de aquél filme de Sergio Leone, El bueno, el feo y el malo. Pues eso, Patón decían que era el malo, porque era el más realista, el analista más frío. Añadiría yo que también el más objetivo (lo que no diré nunca quien era el feo y menos todavía el que hacía de malo).

Asentado en Castellón, con el apoyo de un pequeño equipo fiel que no aparece casi nunca en pantalla, este catalán de Figueres ya es un castellonense de adopción. Creo que más que una labor pura y dura empresarial, lo que hace por Castellón es puro amor. Aunque hay amores que matan y, al mismo tiempo, nunca mueren. Cuestión de fidelidad. Tanta, que todavía no ha sido capaz de ponerle los cuernos a esta sabrosa plaza metiéndose de empresario en otra.
Por favor, ¡una medalla para Patón!...la del amor, por ejemplo.

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