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El toreo en blanco y negro, nueva opinión de Paco Delgado
Por Paco Delgado 13/02/2008 |
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La irrupción de supuestos empresarios, cuyo fin último es obtener resultados positivos en campos ajenos a los toros a costa de hacerlos negativos en la plaza, está haciendo mucho daño a la fiesta de los toros sin que, como casi siempre, la Administración tome cartas en el asunto.
De un tiempo a esta parte ha sido tan frecuente como lamentable que multitud de plazas de toros fuesen gestionadas, o concedida su explotación, a multitud de empresas de nula vinculación con el negocio taurino, escasa experiencia y pobre bagaje en tal menester. Sociedades si no fantasmas sí creadas con el sólo propósito de llevar una plaza determinada, señaladas con el dedo todopoderoso de la propiedad del inmueble, bien fuese Ayuntamiento, Diputación o, incluso, particulares.
Las consecuencias no se hacen esperar y los números rojos dominan las cuentas. Claro que, a lo mejor, esa pudiera ser la intención final del empresario, cuyo fin último -tanto si lo que pretende es presumir sin reparar en gastos como justificar ingresos sin justificar- es poner en blanco lo negro. Justo todo lo contrario que indican las leyes de mercado.
No es de extrañar que haya plazas en las que se dan corridas con carteles impensables, ternas de diestros desconocidos y fechas imposibles. Todo vale. Lo que cuenta es la cuenta. También eso justifica la inexistencia de publicidad y el que se celebre tanto festejo si no en clandestinidad -hay que obtener los indispensables permisos de la autoridad para abrir la plaza- sí que sin que nadie más allá de los organizadores se haya enterado. Lo importante es que no se generen beneficios. El mundo al revés.
Tanto despropósito termina explotando y ya se ha visto que muchas plazas se han quedado colgadas y sin empresario cuando ya han alcanzado el nivel cero y no se pueden justificar más pérdidas por que entonces sí que les afecta a su propio bolsillo. Y se ve entonces su ineptitud para ser considerado como “empresario taurino”.
Pero, no nos engañemos, la culpa final, como casi siempre, hay que achacarla a la Administración, que no se preocupa de la fiesta de los toros sino con afán recaudatorio, sin preocuparse de su infraestructura, organización ni, mucho menos, necesidades, dando manga ancha y rienda a suelta a sinvergüenzas o, directamente, delincuentes, que hacen su agosto cuando más frío hace y llenan sus arcas a base de mostrarlas vacías.
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