Madrid: el ejemplo equivocado, nueva opinión de Paco Delgado
Por Paco Delgado 06/02/2008
 
La proliferación de ferias de muy extenso metraje, siguiendo el ejemplo de San Isidro, está teniendo como consecuencia que la gente deje de ir a la plaza el resto del año.
avance El peligro de las modas es que todo el mundo se apunta a ellas, sin analizar si a cada cual le va bien y sin pararse a pensar en que cada cual tien su personalidad, modo de ser e, incluso, de estar. Y esto vale tanto para la alta costura como, por ejemplo, y es nuestro caso, los toros.

Ahora, parece ser, la moda es componer ferias largas, interminables, al estilo de San Isidro, una feria que, por otro lado, fue montada siguiendo el ejemplo de otras plazas -importantes algunas, como la de Valencia, la primera, Sevilla, etcétera, en la que además de los festejos de la temporada, coincidiendo con sus fiestas se daba una serie continuada de funciones pero, en general, de capitales de provincia que sólo daban toros coincidiendo con las fiesta patronales o la celebración de ferias agrícolas o ganaderas-, un serial que cayó en gracia y que ha sabido venderse luego como de indispensable asistencia para tenerse por alguien en la capital de España, ciudad con una muy alta tasa de población flotante, faranduleo y chuflas de variado pelaje y condición, cuya presencia en Las Ventas -por mayo, que luego no aparecen el resto del año- ha permitido a los sucesivos empresarios del monumental coso madrileño componer unos seriales de un mes con carteles en su mayoría de muy bajo presupuesto, con televisión y llenos asegurados. Un modelo de alta rentabilidad -bajo coste, elevados beneficios y pocos quebraderos de cabeza para el resto de la temporada- que, en un mundo de imitadores y envidiosos, enseguida se quiso extrapolar a cualquier plaza con un resultado bastante desalentador: la gente ha dejado de ir a los toros fuera de feria.

En Las Ventas, para San Isidro, todo el que cree que es, mata por un abono pero Valencia, por ejemplo, no es Madrid y hacer una feria de dos semanas, con muchas combinaciones de poco fuste para compensar la cuenta de resultados, es castigar al abonado, que, como en cualquier pueblo, terminará acudiendo a los toros sólo el día del santo.

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