Jesulín: el adiós a la popularización del toreo, artículo de Antonio Campuzano.
Por Antonio Campuzano 10/01/2008
 
Diecisiete temporadas como matador de toros han dado lugar a algo más que un lugar efímero en el universo taurino.
En el período fronterizo y finisecular que da paso del siglo XX al XXI, ha pasado por el toreo Jesulín de Ubrique. Diecisiete temporadas como matador de toros han dado lugar a algo más que un lugar efímero en el universo taurino. Cuando eclosiona Jesulín con una carrera de novillero muy impulsada y apoyada en su juventud y en numerosos contratos preparatorios de una alternativa de rumbo, ya hay un runrún predecesor de producción de un torero llamado a ocupar muchos carteles y abonos.

La última revisión histórica de figuras casi marcadas por la leyenda del toreo de la segunda mitad de la pasada centuria, como Antoñete, Manolo Vázquez, Curro Romero, Rafael de Paula, con la madurez de diestros sazonados como Niño de la Capea, José María Manzanares, Dámaso González, Julio Robles, Ortega Cano, Joselito, incluso Paco Ojeda y Espartaco, permite rellenar huecos en la persona de Jesulín, Finito de Córdoba, Litri y el despunte ya llamativamente esperanzador de Enrique Ponce. Pero las complacencias del toreo como espectáculo de masas ya había lanzado las redes en caladeros incontestables para lo mediático y amplificado en la figura del torero de Ubrique.

El deslumbrante apoyo social del torero, con doctorado en Nimes, en la feria de la Vendimia, y las medidas y luego desmedidas apariciones en la prensa rosa, fueron configurando los perfiles de un fenómeno de gran repercusión, de esos que cíclicamente, al margen de la mayoría de edad del pueblo español, necesita la opinión pública para hacer de su irrupción un tema más de comentario sociológico, de los que acompañan la vida social e incluso política de la corporeidad nacional. Espadas de este talante, por decirlo de algún modo, siempre han sido escrutados por el canon clásico de la afición, de suyo tan elitista y a veces tan alejada de la realidad crítica, con un acerado medidor de méritos. Y así fue y ha sido a lo largo de la carrera profesional de Jesulín. Con el parón sabático de dos temporadas, el torero gaditano y su mecenazgo director apostaron por la cuantificación en comparación dominante sobre lo cualitativo, con dejación del bienestar íntimo de asolerar aprendizajes y emular el oficio y el arte de torear de acuerdo con las normas establecidas para la ejecución de suertes y estilos.

Jesulín, entre los años 1994 y 1995, toreó trescientas corridas de toros, entre emplazamientos en sedes taurinas como Sevilla y Madrid, pasando por plazas francesas y todo el orbe de cosos, muchos de ellos de índole precaria y sin ninguna exigencia ni rigor, ni aficionado ni organizativo. El número ganaba siempre sobre la excelencia, la estadística por encima del prurito de la satisfacción interior, allá cada cual con la búsqueda de la perfección. Por encima de todo residía el poder de saberse al frente del escalafón, preso de la ambición de la suma de contratos y olvido de los fundamentos de su especialidad.

Deudor, entre tantas temporadas, del éxito en la feria de Abril sevillana y San Isidro, en Las Ventas, de Madrid, no pudo cruzar las puertas de estos escaparates de cotización del toreo jamás en su largo periplo de desarrollo profesional. Esa apuesta por la popularización de su estrellato taurino le llevó a una exposición extensa en ámbitos extrataurinos, que determinaron enteramente su forma de concebir la disciplina y el oficio elegidos. Si es cierto que se torea como se es, según afirmación de residencia clásica de Juan Belmonte, con Jesulín, salvo quizás este postrer año de despedida, se cumple a rajatabla la máxima del torero de Triana. El espada ahora retirado se conducía en la plaza con esa artificiosidad a la que estaba acostumbrado cuando no era la raya de picadores la que pisaba.

La mercantilización, el desapego por los valores que conformaron un espectáculo con doscientos años de decurso histórico, la modernización y reiteración de suertes alejadas de la profundidad en la ejecución, la imitación del toreo de parón que reinventase unos años antes Paco Ojeda, del que se declaró epígono convencido, la fabricación seriada de una faena de muleta calcada año tras año.

Todo ello produjo un hartazgo no sólo en la afición, sino probablemente en el causante del hastío. Jesulín se marcha de los ruedos por convicción íntima, sabedor de su limitación profesional y artística, pero en la decisión también ha pesado la fuerza del propio cuerpo del espectáculo, que sin necesidad de explicitarlo, expele de su círculo de simpatías aquellos incidentes que, en realidad, perjudican más que benefician al toreo, entendido como un común de reglas, historia, leyenda, imaginario, calidades, emociones, sentimientos, para lo cual no está indicada una popularización que terminaría por deteriorar letalmente al asunto taurino.

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