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Es el momento de César Jiménez, por Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 20/11/2007 |
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Acaba de cambiar de apoderado, borrando así fantasmas de cuentas que no le correspondía pagar a él. César Jiménez tiene ante sí el reto de poner en orden una carrera que nunca debió decaer. Por los méritos alcanzados está llamado a ser uno de los importantes. No conseguirlo sería un despilfarro para la Fiesta.
La Fiesta está llena de ejemplos de casos un tanto inexplicables, sobre todo en el apartado de toreros. Los hay que torean mucho sin haber hecho grandes méritos para ello, al menos dentro del ruedo y, por el contrario, los hay que apenas se visten aún sabiendo todo el mundo la calidad que atesoran.
Dicen que el toro acaba poniendo a cada cual en su lugar. Yo no creo que así sea. Es cierto que muchos de los que no se sitúan entre la élite no tuvieron suerte el día ?d? a la hora ?h?, y la suerte es fundamental en este espectáculo tan apasionante como a veces inexplicable. Pero también hay otros que lo han hecho casi todo y sin embargo no acaban de ser tenidos en cuenta como merecerían.
Es el caso de César Jiménez. A unos gustará más y a otros menos. Para gustos los colores. Pero es incuestionable su extenso e intenso currículum. Extenso porque ha toreado mucho, incluso llegó a ser líder del escalafón con más de cien corridas toreadas en un año, e intenso porque ha cortado orejas en todas las ferias y ha conseguido salir a hombros de casi todas las plazas.
Coincidiendo con su cambio de apoderado, en 2005 pasó de torear en cantidad a hacerlo en cuentagotas. Era la época de Martín Arranz y Joselito. Hay quien opina que fue entonces cuando su toreo ganó en naturalidad y profundidad; no sé. Lo que parece evidente es que mentalmente tuvo que estar muy fuerte para asimilar una rescisión de contratos tan drástica. En esa etapa, y entre otros méritos, salió a hombros de Madrid dos veces en menos de un mes, cortó orejas en Sevilla, sumó su décima puerta grande en Valencia y? y de poco sirvió, porque exiguamente se rentabilizaron éxitos tan importantes.
Siempre ha sido torero de raza, de pundonor; le hemos visto cogido de forma espeluznante y seguir toreando sin mirarse, de rodillas y en pie; ha sido generoso con los toros, a los que ha hecho lucir dándoles distancia; se ha entregado siempre y todo para no cosechar los resultados lógicos.
Ahora debe ser su turno definitivo. Apenas tiene veinticuatro años. Acaba de nombrar nuevo apoderado a su banderillero de confianza, Poli Romero. Eso es como apoderarse a sí mismo, porque los contratos saldrán de lo que Jiménez haga con muleta y estoque. Pero quizá era lo que necesitaba, un amigo de siempre que le anime y le aliente, que confíe en él ciegamente y que luche sin denuedo, sin más intereses de por medio que el propio matador, sin un pasado por el que rendir cuentas.
Porque a un servidor le parece que la situación de César Jiménez es el resultado de las deudas pendientes que los empresarios le han ido cobrando en esta última etapa a Martín Arranz, un apoderado con fama de déspota en los despachos cuando llevaba a Joselito. ¿De qué otra manera se explica que César no entre en Valencia después de ser declarado triunfador de las Fallas y de Julio el año anterior? ¿De qué otra manera se entiende que el matador esté pasando el invierno tranquilamente en su casa después de haber triunfado en toda la América taurina?
La próxima temporada será crucial para el futuro del madrileño. Deberá seguir peleando sin desaliento, pero ahora dependerá sólo de él y no de su entorno que se valore como merece lo que firme en el ruedo. Y atentos porque tiene buena firma.
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