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Escuelas, nueva opinión de Paco Delgado
Por Paco Delgado 24/07/2007 |
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No son fábricas de figuras. Sólo un medio para canalizar la afición de tantos muchachos que tienen así oportunidad de conocer los rudimentos del toreo. Las figuras las hacen el toro, el torero y sus circunstancias.
No son pocas, desgraciadamente, las voces que se oyen últimamente despotricando contra las escuelas de tauromaquia.
Se argüye que con ellas se ha perdido la espontaneidad y, sobre todo, la variedad que antaño mostraban los toreros, hogaño parece que cortados por el mismo patrón.
Sin embargo hay que romper una lanza a favor de estos centros, cuya labor va más allá de formar y crear toreros -no digamos ya elaborar figuras: eso, ya se dijo hace muchos años, es un milagro- que funcionen y estén en todas las ferias.
Las escuelas taurinas, cuya existencia no es de ahora -ya existían, y rindiendo a plena satisfacción, a principios del siglo XIX-, tienen como principal misión, orientar a adolescentes deslumbrados por el brillo del espectáculo taurino. Misión ya de por sí peliaguda, por la edad, complicada y difícil -no ya para una escuela de tauromaquia: los problemas con alumnos en centros escolares están a la orden del día en todos los informativos- de los educandos, a los que la sociedad actual, y sus leyes, permiten confundir libertad con salvajismo, y la materia que se les imparte. Una escuela de tauromaquia no sólo tiende a formar toreros y, como todo centro docente, su primer objetivo es formar personas.
Tampoco tiene porque tener como prioridad el que de sus aulas salgan toreros con proyección. Su profesorado asume el dar a conocer y enseñar la técnica y mecánica del arte de torear, que no crean que es poco, y el alumno deberá asimilar esas enseñanzas y adaptarlas a su personalidad. Que luego no sean capaces de poner en práctica la doctrina que se les ha impartido o que no tengan el valor suficiente para aguantar ante un toro o que la cabeza no les funcione ante un público que les exige todo, es otro muy distinto cantar.
Y, son más, pero valgan tres nombres de toreros que han salido de una escuela: Joselito, José Tomás y El Juli. Una terna de lujo cuya existencia justifica ampliamente la existencia y pervivencia de las escuelas taurinas.
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