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La Fiesta es grande, y Pepín también. Artículo de Carlos Bueno
Por Carlos Bueno 27/06/2007 |
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En los toros nunca sabes dónde va a saltar la liebre de la emoción auténtica, y saltó en la clausura de la Feria de San Juan de Alicante. Tres toreros, tres estilos, tres éxitos. Por la Puerta Grande Javier Conde, El Cordobés y Pepín Liria; bueno, lo de Pepín es caso aparte.
La Fiesta es grande, excitante, arrebatadora, embriagadora, apasionante, única, siempre sorprendente. Llevo viendo toros desde que nací hace 39 años, y me sigue impresionando como el primer día.
Es cierto que hay tardes de auténtico sopor en las que el aburrimiento que contagian los toros o la incapacidad que demuestran los menos diestros da argumentos a esos necesarios mini-aficionados que sólo acuden a la plaza los días de campanillas. Pero no; porque luego te encuentras por sorpresa con tardes como la que cerraba la Feria de Alicante de las que poco esperas y que acaban por convertirse en inolvidables.
¿Voy, no voy? ¿Voy, no voy? ¡Voy! Y fui al coso alicantino en busca de un Cordobés con quien comulgo escasamente, siendo generoso, de un Javier Conde que me encanta cuando está bien pero que no recordaba la última vez que lo estuvo, y de un Pepín Liria al que profeso un respeto y una admiración descomunal pero que, por unas u otras razones, no es precisamente un torero de arte que provoque peregrinajes tras su estela.
¿Voy, no voy? ¿Voy, no voy? Afortunadamente fui. Nunca sabes donde va a saltar la liebre de la emoción auténtica, y saltó en la clausura de la Feria de San Juan de Alicante. Todos a hombros. Aún así, no fue eso lo importante ni lo perdurable. Lo perenne es el recuerdo de tres toreros entregados y la comunión con unos tendidos volcados. Tres diestros, tres concepciones personales, tres estilos diferentes, tres éxitos. La Fiesta es grande, única.
El Cordobés lo intentaba por la vía ortodoxa, pero no es lo suyo. La gente le pedía el salto de la rana y la catarsis llegó con la concesión a la galería. Brincos, risas y desplantes. El Cordobés en estado puro, el que el público del día demandaba.
Javier Conde se encontraba con el toro soñado para su toreo. La manita izquierda caída, los carreritas de puntillas, el pase de las flores mirando al tendido, los ayudados encajado de riñones, parafernalias y tres o cuatro tandas de enjundia y sentimiento. El torero roto de tanta entrega. El Javier Conde auténtico.
Y Pepín Liria. Lo de Pepín es otra historia; es caso aparte. Le toca lidiar las divisas más duras de toda la cabaña brava, y para un día que coge una sustitución con una corrida más ?tranquila?, va y le parten la cara. Fue el primero, entrando a matar. Recogió las dos orejas el murciano y se fue para la enfermería.
Más de una hora tardaron en recomponerle los desperfectos faciales, y Pepín volvió al ruedo. Verle aparecer por la plaza ya nos erizó la piel a cuantos estábamos allí. Pero lo mejor estaba por llegar. De rodillas recibió a un toro que luego en la muleta desarrolló peligro. Y lo volvió a prender de muy mala manera. Los instantes de la cogida parecieron eternos. Cuando se levantó Pepín parecía el Ecce Homo. La herida de la cara otra vez abierta, sangrando, y los golpes recibidos bien señalados en un vestido desgarrado por los puntazos. Visiblemente mareado volvió a la cara del astado para acabar su erizante obra. Dos orejas con petición de rabo.
Repito, los trofeos no son lo más importante, porque dentro de un tiempo lo que se recordará será la disposición y el triunfo de tres toreros bien diferentes, cada cual a su manera. Y dentro de un tiempo habrá que hacerle un monumento más grande que una plaza llena a Pepín Liria, al que nunca le agradeceremos bastante una carrera repleta de honestidad, entrega, empeño y sacrificio. De momento yo voy a cambiar la célebre frase ?tener más valor que El Espartero? por ?tener más huevos que Pepín Liria?.
¿Voy, no voy? ¿Voy, no voy? Afortunadamente fui, porque me encontré con una Fiesta única, irrepetible, a veces inexplicable, siempre sorprendente. La Fiesta de los toros es grande.
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