Francisquito, nuevo artículo de Díaz-Manresa
Por Ricardo Díaz-Manresa 22/08/2006
 
El toreo es tan grande que, como el mar, absorbe y digiere y hace desaparecer todo lo peor que le echan. Supervive desastre tras desastre: pitones cortados, toros tontos (tan lejos de lo bravo y de lo manso), engaños al torear y demás manipulaciones. Incluso está aguantado los callejones con gente que aplaude, incluídas muchas mujeres, pide las orejas o se pega unos inmensos magreos y morreos delante de los profesionales, incluso admite a comunicadores ?entre comillas- que han sustituido a los antaño llamados periodistas ya que el periodismo tal como fue siempre casi ha desaparecido, incluso tolera a gacetilleros que no distinguen el significado ?diccionario en mano- de una encerrona de una corrida de único espada y que, en definitiva, tampoco tienen ni puta idea de lo que es el toreo, ni lo sienten ni lo defienden ni les gusta por muy altos que estén.

El toreo es tan grande que, como el mar, absorbe y digiere y hace desaparecer todo lo peor que le echan. Supervive desastre tras desastre: pitones cortados, toros tontos (tan lejos de lo bravo y de lo manso), engaños al torear y demás manipulaciones. Incluso está aguantado los callejones con gente que aplaude, incluídas muchas mujeres, pide las orejas o se pega unos inmensos magreos y morreos delante de los profesionales, incluso admite a comunicadores ?entre comillas- que han sustituido a los antaño llamados periodistas ya que el periodismo tal como fue siempre casi ha desaparecido, incluso tolera a gacetilleros que no distinguen el significado ?diccionario en mano- de una encerrona de una corrida de único espada y que, en definitiva, tampoco tienen ni puta idea de lo que es el toreo, ni lo sienten ni lo defienden ni les gusta por muy altos que estén.

La degeneración, tal cual, empezó con algunos toreros en la llamada prensa de cintura para abajo en la que determinados toreros aparecían, unos contentos y otros también (aunque pareciendo que no lo estaban). Televisiones degeneradas presentando a todas horas lo más canalla de la sociedad a través de supuestos profesionales de la información. Y la cosa llegó a tal extremo que hay tres o cuatro espadas que siguen en las plazas exclusivamente por lo mucho que enseñan sus miserias morales en la pequeña pantalla. En caso contrario, estarían en su casa hace tiempo.

Los reporteritos hacían lo que ellos llaman su trabajo que consiste no en mostrar actividades fuera del ruedo sino solamente opiniones o preguntas tan interesantes para personas mentalmente equilibradas o con un mínimo sentido común como que si has dejado embarazada a fulana , si estás liado, si te vas a desliar, si tu ligue ha dicho, que si te estás acostando con esa, llaman novias a las que siempre han sido las queridas y demás lindezas. Lo peor es que ahora el clan de la canalla comunicadora ¡se pone a comentar lo del ruedo, las orejas que han cortado, si van a ser figuras, lo valientes que son, si van a reaparecer a los 50 años, si se van a retirar...sin tener el más mínimo conocimiento de nada pero con la oportunidad de disponer de un micrófono y de una cámara que los filme haciendo esa infecta radio televisada, radio filmada, en que se ha convertido hace tiempo lo que debía ser televisión!

Bueno, allá ellos. No escribo allá sus conciencias porque lo más probable es que no las tengan, pero el colmo ha sido la corrida rondeña, la última tan mediática, de la que hemos sufrido -hasta el asco- y multiplicado todo esto. No voy a hablar de lo meramente taurino, porque no merece la pena. Todos han podido ver el ganado lidiado y un presidente ?seguramente no idiota- rigurosísimo al conceder los trofeos. No hay derecho a que unos profesionales que se juegan la vida sean tratados tan duramente como lo hizo en la rondeña de marras el señor del palco. Se negó a dar las doce orejas y los seis rabos. ¡Habráse visto! Y no le han llamado ni idiota, ni imbécil ni gilipollas. Menos mal porque todo estuvo bien.

Cara al público ocurrió que uno de los participantes paseó a su hija por la arena e hizo un brindis de amor seguramente invitando a la canalla mediática a perseguirlo cada vez que entra o sale de una corrida. O a un restaurante o a su casa o a un avión o a un tren o a un coche de cuadrillas o a un hotel. O cuando va de compras o de paseo con su gente. ¿Cuándo van a hacer lo que ellos llaman su trabajo para completar el cuadro una grabación en la cama?

Francisquito: después dale al piquito y cabréate un poquito cuando te dan palitos.

Los alcachoferos tendrían que hartar a estos toreros.
Y los aficionados darles de lado.
Y los empresarios bajarles los salarios.
O dejarlos en su casa a ver qué pasa.
Con la vista en las revistas.
Y con los marujones en las televisiones.

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