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Cuatro toros de Lagunajanda, uno, segundo de Martelilla, y otro, tercero, de Casa de los Toreros. Conjunto bien presentado y de juego desigual. Primero y quinto fueron los mejores.
Ruiz Manuel (de lila y oro), oreja y silencio tras aviso.
Juan Avila (de celeste y oro), silencio tras dos avisos y silencio con otro aviso.
Gabriel Picazo (de rosa y oro), silencio con aviso y silencio.
La tradicional fecha del 9 de octubre se aprovechó para cerrar la temporada en Valencia, en una tarde desapacible y lluviosa, con la amenaza de la gota fría y, como en cualquier liquidación, con limpieza de existencias. Se lidiaron reses de tres ganaderías que dieron un juego dispar y distintas opciones a sus matadores.
La única oreja de la tarde se la llevó Ruiz Manuel, a quien en su primer turno le correspondió un toro sin mucha fuerza pero con nobleza y codicia que, sin humillar, tomó siempre la muleta que le presentó, tersa y con temple, su matador, autor de una faena muy al hilo del pitón en la que lució al torear con la derecha y en redondo. Bajó algo al hacerlo al natural. El cuarto echó las manos por delante, estuvo a la defensiva, y acusó el mal estado del piso del ruedo. Se quedó corto y se revolvió, por lo que al de Almería no le quedó otra que estar en plan lidiador y muy listo.
Juan Avila, que anduvo poco convencido y mal colocado con el parado segundo, estuvo mucho más decidido con el quinto, que llegó franco y noble al ultimo tercio. Permitió al valenciano sacar varias tandas de buen trazo, bajo un auténtico diluvio, aunque no terminó de redondear su labor ni supo rematar con la espada.
Gabriel Picazo compuso una primera faena irregular e intermitente, siempre al ritmo que impuso el toro, e hizo bien en abreviar con el sexto, un toro que se paró al salir del caballo y con el que era imposible buscar lucimiento.
Paco Delgado
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