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Cinco toros de Manolo González y un sobrero, cuarto, de Zalduendo. Desiguales de presentación, justos de fuerza y de poco juego excepto el gran quinto, premiado con la vuelta al ruedo.
Enrique Ponce (de pizarra y oro), ovación con aviso y silencio.
El Cid (de azul noche y oro), palmas y oreja.
El Fandi (de turquesa y oro), oreja y oreja.
Alcalareño saludó tras parear al quinto.
Lleno.
Hubo que esperar a que saliese el quinto toro de la tarde para que se fuese arriba la séptima función del abono de julio y se diese por bien empleado el soportar el poco juego que hasta entonces había dado el ganado de Manolo González.
Ese toro, que ya tomó humillado el capote de El Cid y apretó en el caballo, no se cansó de embestir, siempre con nobleza y rectitud, permitiendo a su matador una faena muy templada y compacta en la que toreó magníficamente al natural. También le permitió resarcirse de una primera faena en la que nunca estuvo convencido ante un astado que no acabó de romper.
Sin embargo quien salió a hombros fue El Fandi, variado y vistoso con la capa, espectacular y poderoso con las banderillas pero que no pasó de bullidor y efectista ante dos toros que no se emplearon.
Completó Enrique Ponce su feria más triste en Valencia con otro lote imposible, muy parado y deslucido con el que, muy a disgusto, sólo pudo estar voluntarioso.
También por la noche hubo festejo en el coso de Monleón y con media entrada se lidió una novillada de Los Chospes bien presentada y de buen juego, saliendo a hombros el pacense Tulio Salguero, que cortó una oreja de cada uno de los novillos que lidió, y el jiennense Adrián Torres, que se llevó las dos orejas del eral que cerró plaza, mientras que El Calabrés, alumno de la Escuela de Valencia, cortó una oreja.
Paco Delgado
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