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Cuatro toros de Juan Pedro Domecq, justos de presencia y fuerza pero nobles, y dos novillos, tercero de Jandilla y sexto de Vegahermosa, también sin trapío y flojos pero manejables.
Rivera Ordóñez (de azul rey y oro), silencio y oreja.
Cayetano (de turquesa y oro), oreja y oreja con petición de otra.
Alejandro Esplá (de rosa pálido y oro), palmas con aviso y oreja.
Tres cuartos de entrada.
Tres fueron las notas que definen el noveno festejo del abono de Hogueras: la predisposición del público, con mayoría femenina, que lo aplaudió todo, la poca fuerza de un ganado que también estuvo justo de presencia y la irrupción en el ruedo de un grupito de abolicionistas que provocaron, primero, la indignación de los aficionados y la rechifla de la gente en general, y, luego, el que el juicio de lo hecho por toros y toreros fuese en función de la estupidez de aquellos a fin de no seguirles la corriente y darles jarilla.
Y ya en lo estrictamente taurino lo más destacado de la función, en la que brilló por su ausencia la llama de la competición y emoción que deben alentar cualquier duelo, fue, por un lado, la seria actuación de Cayetano, que evidenció una firme y constante evolución, voluntarioso y tesonero con su corto y parado primero, y templado y con empaque con el quinto, el de mejor son de la tarde y al que por momentos toreó con hondura y mató de una gran estocada en todo lo alto.
Por otra parte es de subrayar la progresión de Alejandro Esplá, variado y vistoso con el capote y demostrando valor sereno y de verdad, quedándose muy quieto, pasándose muy ceca a sus oponentes, resolviendo con solvencia y recursos y dejando claro que lo suyo no es capricho.
El mayor de los Rivera Ordóñez, con un lote nada complicado, brindó al sol y sólo buscó el aplauso fácil y sin compromiso.
Paco Delgado
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