Castellón Jueves, 28 de febrero de 2008
 

Toros de Jandilla, desiguales de presentación, con tendencia a la baja, y, en general de buen juego. Primero y tercero fueron los de mejor son.

Luis Francisco Esplá (de purísima y oro), ovación y silencio tras aviso.
José Tomás (de tabaco y oro), palmas y dos orejas.
Matías Tejela (de grana y azabache), oreja y silencio.


José Tomás conquistó la feria, conquistó la plaza y conquistó Castellón. Se hizo el amo. Arrasó. Y eso que la gente, tras obligarle a saludar al romperse el paseíllo, protestó la poca entidad de su primer toro y su poca fuerza. Pero él ni se inmutó. Concentrado y a lo suyo, fue dando confianza al animal, haciendo oídos sordos a los gritos de algún espectador impaciente y poco a poco empezaron a sonar aplausos. Palmas que, tibias al principio, se convirtieron en ovación atronadora cuando ligó una serie al natural en el centro del ruedo. Pasándose al toro a milímetros de la taleguilla, sin inmutarse y sin enmendarse. Llevándole, además, muy lejos y hacia atrás, sin alivios de ningún tipo. Y puso la plaza boca abajo.
Pero la locura llegó con el quinto, un toro que sin tampoco ser imponente sí tuvo más presencia que el otro y con el que dejó claro que salía a por todas ya con el capote, especialmente en un quite por gaoneras que puso la piel de gallina. Sin entrar en matices técnicos, José Tomás cuajó al toro de cabo a rabo, en un palmo de terreno, sin mover los pies y logrando que en la plaza se hiciese un silencio tan respetuoso como expectante. Fue algo mágico y, desde luego, que no se ve todas las tardes. Lo de menos fue que saliese a hombros y que su cuenta de trofeos hubiese sido más numerosa de no haber fallado con al espada al matar a su primero. Lo que de verdad cuenta es que logró convencer a toda una plaza de que lo suyo es algo especial.
Y tras la actuación del madrileño lo demás apenas contó. Se lidió un encierro de Jandilla terciadito y de poca cara, justo de fuerza pero manejable con el que Esplá pasó sin apreturas y Tejela, que hasta cortó una oreja, anduvo embarullado y sin que ya nadie le echase cuentas.

Paco Delgado


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