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Toros de Fuente Ymbro, bien presentados, en general cumplidores en el caballo y de buen juego.
Pepín Liria (de azul noche y oro), ovación y oreja.
Juan Bautista (de turquesa y oro), palmas y silencio.
César Jiménez (de negro y oro), silencio y silencio con aviso.
Media entrada.
Tampoco en su categoría de cuatro años defraudaron los astados de Fuente Ymbro, que lidió un encierro bien presentado, sin gran aparato pero con su seriedad, con movilidad y casta. Fueron toros que empujaron y se dejaron pegar en el caballo, llegando a la muleta, en mayor o menor grado, francos y repetidores. Fueron, asimismo, toros que no quisieron comerse a nadie, sin malos gestos ni mal estilo pero que, sin embargo, no fueron aprovechados en toda su dimensión por sus matadores.
Pepìn Liria, que, en su despedida de esta plaza, fue obligado a saludar tras romperse el paseíllo, derrochó pundonor y ganas, componiendo una primera faena -ante el mejor toro de la tarde- de mucho bullicio y más entrega, destacando sobre todo su toreo al natural aunque la gente no terminó de entrar en calor.
Con la lección aprendida, con el cuarto, un toro más blando pero también cumplidor más que de sobra, estuvo muy de cara al tendido que ahora sí le recompensó al rematar con eficacia una faena de tantos tirones como honradez.
Embistió de manera incansable el segundo, luciendo sólo Juan Bautista a intervalos y. desde luego, cuando lo hizo por el pitón derecho, el de más recorrido de su oponente. Con el más serio quinto, que se arrancó de lejos al caballo por dos veces, aunque fue más incierto, acertó a pararle y fijarle aunque luego, muy frío, no acabó de meterse en faena.
El tercero fue el más brusco y compicado y César Jiménez no terminó de poderle, sin bajar la mano y dejando al astado muy a su aire. El sexto fue mucho más soso y el madrileño, espeso y pesado, tampoco dijo nada.
Paco Delgado
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